miércoles, 25 de febrero de 2009

Inconciente conciencia

Si hay un tema que por encima de los demás me viene ocupando desde hace varios meses dentro de la Medicina —o la ciencia en general— es el de la Neurología, en varios de sus aspectos. Si nunca, o casi nunca, lo había traido a colación por acá es porque resulta ser un tema al que es dificilísimo acercarse sin caer en tecnicismos de lo más molestos, y eso pasaría, en mi humilde opinión, más temprano que tarde. Pero voy a hacer un intento de al menos aproximarme un poquito, aunque sea por diversión.
El común de la gente ahora sabe atribuir muy bien una infinidad de procesos al dominio del sistema nervioso, el cual, en su totalidad, y junto con la genética —aunque quizás ya un poco más mordisqueado y babeado que ésta—, es el nuevo juguete de los biólogos de todas las ramas. A este sistema nervioso podemos encajarle funciones que van desde la conciencia y la atención hasta el control de la respiración o el ritmo cardíaco, pasando por los cinco sentidos y su integración, o la memoria, el control motor, la regulación de la alimentación, el sueño, cierto papel en la inmunidad, los estados de ánimo, en fin, casi tantas cosas como cosas pasen en el cuerpo, en la vida de los organismos superiores; de algunas de estas cosas, incluso, no tenemos ni la menor idea. De todas formas, no quiero confudirlos, hay órganos y sistemas que gozan de cierta autonomía con respecto al sistema nervioso, pero eso es tema para otro día.
Propongo, sin embargo, una nueva abstracción de estas cosas que ya sabemos, como alguna vez en los comienzos de este blog ya había sugerido para el sistema circulatorio. Supongamos que no sabemos nada sobre el cuerpo y cómo funciona, pero que sí entendemos que de alguna forma somos —que tenemos conciencia y esas cosas— y percibimos el mundo a través de nuestros sentidos (tacto, visión, oido, olfato y gusto). A su vez, hagamos de cuenta que para nosotros es bastante obvio que el cuerpo está regido por el espíritu y que la verdad última es Dios. ¡No, no! Esperen, no me pongan esa cara, ¡malditos impíos! Síganme la corriente en esto y tomen su conciencia, su superioridad por sobre los demás animales, como un atributo otorgado por una inteligencia superior. En este contexto ya no es tan difícil imaginarlo: ¿por qué habría un órgano encargado de hacernos pensar? Quiero decir, los animales tienen adentro más o menos lo mismo que nosotros y ellos no piensan; a mí no me cuesta pensar que una voluntad superior habla a través de mí o, en todo caso, me otorgó un alma que se encarga de eso. En todo caso podría, sí, buscar un lugar en el cuerpo donde resida el alma, pero eso también es para otro momento. Y vayamos a lo inmediato: percibimos el mundo a través de los sentidos, y a los sentidos los tenemos porque tenemos porque tenemos órganos sensoriales. Los ojos se encargan de ver, escuchamos a través de los oidos, olemos por la nariz, degustamos con la lengua y la carne nos da las percepciones táctiles. Si a eso le sumamos que el corazón es el encargado de sentir (alegría, dolor, temor, lo que quieran), yo diría que estamos bastante cubiertos.
Hasta sus más crueles detractores (entre los cuales generalmente suelo contarme) simpatizarían un poco con Aristóteles viendo las cosas desde este ángulo, teniendo en cuenta que lo que se puede entender del organismo es bastante poco si no se tienen las herramientas (teóricas o tecnológicas) adecuadas. En sus tiempos —y por un buen rato más en la historia— todo en la naturaleza se entendía como formado por los cuatro elementos: agua, tierra, fuego y aire; a su vez existían distintas propiedades dicotómicas que un cuerpo podía tener, de las cuales se pueden nombrar las más importantes: podía ser frío o caliente, húmedo o seco, etc. Es más, los cuatro elementos no están exentos a esas propiedades (así, el agua es fría y húmeda, el fuego es caliente y seco, etc.). Por supuesto, tiene que existir un correcto equilibrio entre estos elementos para que los distintos cuerpos (desde una roca o un conejo hasta un cuerpo celeste) tengan las características que le son propias.
La característica fundamental de la vida es el calor, y para Aristóteles el encargado de generar el calor era, sin lugar a ningún tipo de dudas, el corazón. El corazón fabricaba la sangre a partir de los alimentos a la vez que le servía de receptáculo y se encargaba de cocerla; la sangre luego iba al resto del cuerpo por los vasos (a este respecto no se suponía diferencia entre venas y arterias) y le proporcionaba calor. De esto convenció al mundo por unos dos milenios, hasta que en el siglo XVII apareció Harvey para zanjar el asunto, pero ése es un cuentito que ya conté. Como dije más arriba, el corazón era, indiscutidamente, el lugar donde se generaban las emociones, ya que estaba ubicado en una región tan noble como el centro del cuerpo. O al menos lo estaba más que el cerebro, órgano que algunos aventurados se atrevieron a sugerir como albergue de los sentimientos, solamente para ser luego silenciados crudamente por nuestro muchachón, Aristóteles. Y bueno, y el cerebro entonces, ¿qué? El cerebro, órgano frío e insensible (o sea, que al tacto no produce sensaciones sobre el sujeto), no cumplía otra función que contraponerse al calor del corazón, encargándose de enfriar la sangre que éste fabricaba. Quiero decir, sí, cumplía la importantísima misión de mantener el equilibrio térmico del organismo, fundamental para la vida. Tan importante, de hecho, que Aristóteles ya se había dado cuenta que cualquier mínimo daño al cerebro comprometía seriamente la vida, pero únicamente porque el corazón es un órgano tan noble que cualquier mínima variación en el equilibrio que el cerebro ofrecía, comprometía su estabilidad. En lo que sí acertó, aunque no exactamente en el cómo, fue en que el cerebro sea el encargado de producir el sueño. Éste, decía él, se producía cuando la sangre era enfriada a tal punto por el cerebro que su peso aumentaba, haciéndose insostenible. Por eso, una persona somnolienta cabecea: porque no soporta el peso de la cabeza. Más aún, cuando el enfriamiento de la sangre es tal que llega a todo el cuerpo, éste se hace terriblemente pesado y cae al suelo, completamente dormido.
Bueno, los años pasaron y muchos personajes importantísimos, con sus observaciones, ayudaron a constituir lo que hoy conocemos como Neurología. Entre ellos se pueden mencionar a Galeno (que dijo que si se cortaba, por ejemplo, el nervio laríngeo, el animal perdía la capacidad de hablar), Willis, Purkinje, Ramón y Cajal (estos dos se encargaron, entre otras cosas, de elaborar y explicar la microscopía del sistema nervioso, describiendo a las neuronas), sin olvidar a otros como Broca, Brodmann, y varios más. Y llegamos al día de hoy.
Sabemos ahora que el sistema nervioso está constituido por células de dos tipos: neuronas y, en muchísimo mayor número, células gliales. Todas estas células forman un entramado de lo más asombroso, con contactos muy específicos entre ellas que no se ven en otros tipos celulares: las sinapsis. Por otro lado, sabemos que las neuronas son células con dos partes muy diferenciables: el cuerpo (soma), encargado de procesar la información, y el axón, encargado de transmitirla. Macroscópicamente, distinguimos en el sistema nervioso fácilmente entre una sustancia de gris y una sustancia blanca; la primera está formado por los somas de las neuronas, y la segunda por los axones (y no tenemos que perder de vista que junto con todas estas neuronas, hay un mucho mayor número de células gliales que les ayudan a cumplir sus funciones). Diciendo más, podemos decir que hay, en la superficie del cerebro, una corteza formada por sustancia gris (somas) que rodea a una subcorteza de sustancia blanca. Esta última, por supuesto, son todos los axones que salieron de los cuerpos neuronales de la corteza y que van a comunicar, bien a otras partes del cerebro, o bien al resto del cuerpo (bajando por la médula espinal), la información que las neuronas habían generado. Por otro lado, existen núcleos de sustancia gris, o sea, agrupaciones de cuerpos neuronales, "desperdigados" en la sustancia blanca y cumpliendo funciones muy específicas.
Vale decir ahora que en general se acepta que la corteza cerebral está ligada a aquello de lo que somos concientes (así hay cortezas visuales, auditivas, motoras, sensitivas, de lenguaje, etc.), y que los distintos núcleos subcorticales se encargan de procesos de los cuales no tenemos registro y no necesitamos tenerlo: básicamente, de todas las funciones del organismo, como bien puede ser el sueño, el ritmo cardíaco, mantener el equilibrio ácido-base, o lo que quieran. Para poder hacer todo eso, el cerebro necesita que le llegue de alguna manera información de lo que está pasando adentro del cuerpo, a la vez que de las cosas que se dan en el entorno; una vez que tiene esa información, la procesa, y genera una respuesta adecuada. A esto se lo conoce como arco reflejo, y el número de estructuras implicadas varía según lo que se esté estudiando. Por poner un ejemplo simple: uno apoya la mano en un metal caliente, los receptores térmicos y dolorosos de la piel lo sensan y envían la información al sistema nervioso central a través de los nervios; éste dice "Che, fijate, te estás quemando. Yo te diría, no sé qué te parece a vos, que saques la mano de ahí porque sino estamos jugados" y vuelve a enviar la información a través de los nervios para que el brazo se flexione y la mano salga del peligro. De una manera mucho más complicada, pero básicamente igual, es que funciona el resto del sistema nervioso: a los distintos núcleos de integración todo el tiempo está llegando información de otros lados (receptores internos o externos, u otros núcleos) y enviando una respuesta en base a esa información. Así, todo el cerebro está conectado con todo, procesando una cantidad espeluznante de información a cada segundo que pasa. El conjunto de todo eso da nuestra visión del mundo. Los sentidos están todo el tiempo comparando sus propios estímulos y procesándolos para dar una imagen bien acabada del entorno que nos rodea.
En los últimos cien años, y sobre todo en la última mitad de eso, los avances en la neurología fueron impresionantes y vertiginosos. Algunos métodos para estudiar al sistema nervioso fueron más cruentos que otros. Quizás la mayoría de los métodos integra al primer grupo. Los avances en los últimos años dan la posibilidad de revertir eso: con la creación de métodos no invasivos, como la marcación de distintas sustancias o los estudios por tomografías, resonancias, etc., se posibilitó el estudio del sistema nervioso y sus funciones sin tener que andar recortándole pedacitos para ver qué pasa (o qué deja de pasar, mejor dicho).
El problema, oh, el gran problema, porque siempre hay un problema, al menos bajo mi humildísima lupa, es que no hay todavía suficientes teorías que acompañen a tanto avance tecnológico. Todo el tiempo están saliendo artículos que, básicamente, dicen: "Le dijimos a tal persona que pensara en tal cosa y vimos que se prendió una lucecita por ahí, en alguna parte del cerebro", lo cual da lugar a que todo el tiempo estén saliendo noticias como "Descubrieron que el amor y el odio para el cerebro son básicamente lo mismo porque se activa la misma zona al evocarlos" o "Descubrieron una nueva proteína relacionada con la memoria", etcétera, que es exactamente lo mismo que todo el tiempo andar descubriendo cosas como "el gen de la infidelidad" o "el gen de las malas notas en el colegio". Son todas cosas muy lindas pero que sin una verdadera estructura teórica de base que las sustente, de muy poco sirven. Y sí, hay unos señores que desde hace también, más o menos un siglo, teorizan bastante sobre los dominios de la mente. Psicólogos, psiquiatras, psicoanalistas, y lo que se les ocurra, están desde hace rato estudiando todos estos asuntos, pero sin, por el otro lado, darle demasiada cabida al aspecto físico del asunto. Sin más vueltas, Freud tuvo que crear un modelo abstracto sin una aparente correlación neurológica que explicara todas las cosas que pasaban por la cabeza de las personas. Y es el día de hoy que, sí, está bien, psicólogos y neurólogos se dan la manito para la foto y sonríen y todo eso, pero ninguno quiere saber demasiado del otro. Y quizás con esperar algo de la psicología y la neurología solas nos quedamos un poco desnudos, también. Quizás sería también conveniente meter filósofos en el asunto. Y sociólogos. ¡Ah! ¡Y astronautas! Y.. y... ¡abogados! Yyy.. ¡quiosqueros! ¡Sí! Quiosqueros. ¿Hola? Sí, ¿qué quieren, señores? ¡Ey! ¿Adónde me llevan? ¡Ey! Que todavía tengo mucho para decir. ¡Ey, oigan!

Miren, si quieren locura, tengo que presentarles a Hiromi Uehara:

Hiromi Uehara - Love and laughter

domingo, 15 de febrero de 2009

Espanto a la madrugada

Quiero empezar esta historia por el final: estoy bien, sano y salvo en mi departamento. Es un poco obvio, sí, ya sé. Que esté posteando esto es prueba suficiente de eso, como se entiende siempre de cualquier relato narrado en primera persona. Aún así, me parecía necesario aclarárselo a quien lea el blog, por redundante que sea, para evitar preocupaciones inútiles.
Como varios saben, vivo en un edificio de unos cuantos pisos por el barrio de Coghlan, una zona bastante tranquila entre los barrios porteños de Belgrano y Saavedra. La torre, con sus doce pisos de moderna construcción, desentona con prácticamente todo el resto del barrio, especialmente durante la noche, cuando se mantienen encendidas todas las luces de la fachada que da sobre la avenida Triunvirato. La espantosa historia empezó hace cuatro noches, el jueves 12 de febrero. Eran ya casi las tres de la mañana y, aprovechando la semana y media de vacaciones que todavía tenía por delante, me había preparado un té que pensaba tomar mientras leía algún nuevo libro antes de dormir. En el momento que iba a tirarme en el sillón, me acordé que no había sacado la basura y con un desgano absoluto fui a hacerlo. Una vez alcanzado el tacho de basura de mi piso (para lo cual siempre tengo que atravesar todo el pasillo, cruzando incluso las escaleras y los ascensores), estaba volviendo al departamento cuando vi que Néstor, el encargado del edificio, había venido subiendo las escaleras y ya seguía hacia el octavo piso. Había algo en su cara, o quizás en toda su expresión corporal, que me llamó de manera terrible la atención; lo saludé amablemente como siempre, porque no hay vez que él no inspire el buen trato, pero no obtuve respuesta. Lleno de curiosidad y con un estúpido ánimo de aventuras (quizás quería alguna anécdota para el día siguiente, no sé) me decidí a seguirlo, siempre guardando alguna distancia. Nunca pareció darse cuenta. Ya lo había seguido hasta el décimo piso y empecé a aburrirme del asunto: francamente, no sabía qué cosa maravillosa pretendía yo que pasara, pero decidí seguirlo hasta el final de su recorrido, seguramente por algún orgullo ridículo que no me permitía abandonar el asunto cuando ya habían pasado dos pisos de acechador ascenso. Llegamos a la puerta de la terraza del edificio. Nuevamente intenté saludarlo para disimular que lo había seguido (si ahora sí se daba cuenta, podía decir que había subido para tomar un poco de aire fresco). Tampoco hubo respuesta. Impaciente y cansado del jueguito, me fijé la hora: eran las 2:57 am. En ese momento él abrió la puerta, el reloj dio las 2:58, y una luminiscencia absoluta me cegó y sentí que me arrojaba varios pasos hacia atrás, hasta que fallé en pisar un escalón y caí por el último tramo de la escalera que daba a la terraza. Perdí el conocimiento. Desperté al día siguiente tirado en la puerta de mi departamento, del lado de adentro.
En el hospital no encontraron contusiones de ningún tipo, pero sí me dijeron que debía tomar sol más responsablemente, porque tenía quemaduras que casi podían ser de primer grado a lo largo y ancho de todo el cuerpo. Pero yo no había salido de casa hacía dos días, mucho menos tomado sol. En el momento no lo asocié con el fogonazo que había precedido a mi caida. Esa misma noche, a pesar de ser viernes, conseguí —cansado como estaba por lo ocurrido el día anterior— dormirme a eso de las once y media. Durante la noche me desperté completamente sofocado por un calor espantoso y denso, y una luz terrible entraba desde la ventana abierta de la habitación. Pude adivinar una sombra que hacía contraste con la luz. Era como una figura humanoide, de miembros larguísimos que casi tocaban el suelo. Sentía que me miraba, que me desgarraba con unos ojos que yo no veía. De repente todo desapareció y cuando mi vista se acostumbró a la falta de luz, pude ver que eran las 3:01 de la mañana. Volví a dormirme o caí inconciente, no sé.
Me desperté a las doce del mediodía completamente entumecido, con dolor de cabeza y una sensación de ardor en todo el cuerpo. Fueron las dos noches que siguieron cuando ocurrieron los hechos más espantosos de los que fui testigo en toda mi vida, y que pasaré a relatar. Siempre por alguna siniestra razón se iniciaban a las 2:58 am, pero ya se prolongaban por espacio de varias horas. Ayer, ya preparado (temblando de pies a cabeza, y con una terrible excitación nerviosa, no voy a negarlo), creo que logré darles un buen susto a ellos, y por eso es que afirmo afirmo que ya estoy a salvo.
Empezó como siempre con el fogonazo, pero las noches del sábado y el domingo me sentí arrastrado hacia afuera del edificio, sumido en un horror nauseabundo. En la penetrante luz que nos bañaba, me veía sujeto por varios pares de esos monstruosos y largos br..la luz!

martes, 10 de febrero de 2009

Trabajé un ratito

¿Bueno? ¿Hola? Sí, qué tal, yo de nuevo. Miren, les comento que como no tenía mucho para hacer, etiqueté las setenta y cinco entradas que componen este weblóg hasta el momento. Dicho sea de paso, lo hice de una manera bastante anárquica y seguramente no muy correcta, porque realmente nunca entendí muy bien de qué se trata este lugar. Algunas etiquetas se superponen, claro. Las etiquetas las pueden ver en una boniiiita parte del menú a la derecha de vuestra pantalla, en un lugar que dice "Etiquetas".
Si les interesa, digo. Sino, no. Pueden seguir con vuestras vidas.


¡Adiós!

Carta

Ya no recuerdo el momento en que llegaron; no recuerdo en qué año fue, ni dónde estaba yo, ni dónde estaban los demás, ni cómo fue. Creo que nunca lo supe. Discúlpenme por eso. Quizás sea más preciso decir que nosotros llegamos. Sí, ellos entraron al planeta, pero nosotros llegamos primero adonde estaban ellos, donde estamos ahora, que es donde estaremos y estuvimos. Tengo problemas diciéndolo; este lenguaje —el de alguno de ustedes— ya es obsoleto y no puede explicar la realidad.
Fue inmediato y tan infinito como todo lo demás: en el momento en que llegamos, se disolvió el tiempo. Sí, supimos que llegamos porque ellos llegaron, pero ya sabíamos quiénes eran. Quiero decir... ¿cómo lo digo? Quiero decir que entendimos el tiempo, o pudimos apreciarlo como era, como si se corriera un velo adentro nuestro. No puedo explicarlo con exactitud porque no lo sé, lo veo en los demás y lo siento en parte, pero sé que no me pasó, no me pasa de la misma manera. Soy, fui, sigo siendo por siempre, uno de los desafortunados que no terminaron de pasar. Algunos directamente no lo soportaron y murieron (y siguen vivos y muriendo una y otra vez), y otros quedamos en el camino. Conservamos nuestro pensamiento lógico, deductivo y temporal... quiero decir, conservamos nuestro lenguaje y no logramos olvidarlo, y eso es sencillamente insoportable porque al mismo tiempo —¡cruel recurso lingüístico!— el velo está corrido y no podemos conciliar el pensamiento con la percepción. Somos testigos conscientes del presente, el futuro y el pasado del Universo de una manera... No, así no entendieron; no entenderán. Sabemos que el tiempo está ahí, pero no podemos inmiscuirnos en Él, porque sabemos lo que es, razonamos lo que es. Pero no podemos entender lo que es. Los demás sí pudieron entenderlo, y ya desconocen nuestro lenguaje. Lo sé porque algunos pudieron ver un poco más allá, conservando un lenguaje todavía más rudimentario que el nuestro. Algunos ya no conservan nuestro lenguaje. Tienen otro que nunca pudimos entender. Ellos, todos, se entendieron con el tiempo, con la historia del Universo y la pequeña historia de la humanidad. Y los que ya estaban nos recibieron con alegría, pues ya nos conocían. Por supuesto que nos conocían.
Y nosotros, los que quedamos, sentimos envidia de todos ellos. Los matamos una y otra vez porque queremos volver a ser los únicos, pero nuestro castigo es que siguen vivos. Vivos y muertos, y muriendo, y nosotros asesinándolos. Pero eso ya lo veíamos, pero no podíamos ver nuestro castigo. Los envidiamos por entenderse con —en— el Tiempo y ellos se entienden con nuestro dolor. Y son felices.
Y cada uno de nosotros tuvo que ver su propio fin y su propio nacimiento y toda su vida. Quiero decir, no la vemos como expectadores, sino que la vivimos cada vez y siempre sabemos lo que fue y lo que será, y estamos en un ciclo que dura y duró por siempre. Este momento, en el que escribo esta carta, ya lo viví y lo viviré infinitas veces, como viví y viviré infinitas veces el párrafo anterior, y la letra antes de esta última y la que vendrá después de las dos siguientes. No, perdón, así no se entiende. No quiero decir que lo viví como yo solo lo viví, sino que esto fue y será siempre, que esta carta fue y será siempre, así como todo fue y será siempre. Y existen infinitas copias de esta carta, ya la he visto tantas veces y me la han mostrado tantas veces que la conozco por entero y no me oculta ningún secreto, excepto aquellos que nunca vi y nunca veré.
Si tan solo pudiéramos entender como sabemos que entendieron los demás... Y nos seguimos repitiendo que quizás la próxima vez que nos pase, se nos correrá totalmente el velo, pero ya lo vemos como si hubiese ocurrido, como si estuviese ocurriendo y como si fuese a ocurrir, que nunca termina de pasar.
Uno a uno fuimos muriendo y es finalmente mi turno (y luego, y antes, y ahora, vuelvo a renacer), todos lo sabemos y lo supimos; sólo tiene que ocurrir una infinidad de veces este momento. Tengo paciencia, ya lo he hecho otra infinidad de veces.

viernes, 30 de enero de 2009

El Puerto

Su emoción por dejar la Megápolis era evidente y, como tantos otros, seguiría un itinerario que incluía algunas ciudades equipadas con todas las comodidades de la vida moderna, pero también se daría el lujo de explorar las ruinas de algunas viejas civilizaciones. Le interesaban sobre todo aquellas de El Puerto, que no llevaban siquiera cinco años desde su reconstrucción (había sido quizás en el año 4036 o 4039; no sabía mucho al respecto).
Apenas atravesó las fronteras del Estado de Los Aires buscó un hospedaje donde parar; encontró uno barato y cómodo, que le costaba apenas 140 redondos por luna. Un corto recorrido por las instalaciones le hizo pensar que estaría bastante cómodo, y le alegró todavía más que tuvieran un sistema de refrigeración funcional para el agua; después de tres semanas de estar viajando empezaba a cansarse de no poder bañarse con agua fresca. Al presentarle su habitación, el muchacho de la hostería le dijo que la compartiría con otras tres personas, y que había lugar para dos más. No tenía ningún problema. En el momento en que estuvo solo, apoyó su tarjeta sobre el espejo magnético y materializó algunas de sus cosas: un libro que estaba leyendo, dos luces para salir a la noche, y algún dinero para manejarse en la Hipérpolis.
No tardó en encontrarse con sus compañeros de habitación en la sala de estar de la hostería. Estaban conversando con aquel muchacho que le había dado el tour por las instalaciones. Por supuesto que en un primer momento él no sabía que fueran ellos, pero de todas formas eligió integrarse a ese grupo porque le parecía interesante que algunos supiesen ejecutar la guitarra, un arte de lo más inusual. Descubrió que, como él, dos de ellos eran agrónomos marinos (se rieron con el comentario de que su profesión estaba de moda), y el otro era ingeniero en humanidad corpórea; el muchacho de la hostería se limitó a decir que trabajaba en aquel lugar desde hacía unos ocho años, un poco antes de que se volviera tan popular. Siempre acompañados por las hermosas melodías que uno de los jóvenes producía alternando las diecisiete notas de la guitarra, el muchacho les comentó con auténtica fascinación cómo había sido la reconstrucción de El Puerto y los cinco se sentían orgullosos de ser compatriotas de los hábiles arquitectos, que habían llegado a las tierras en las que estaban ahora movidos por un auténtico amor a la humanidad. Los cuatro compañeros de habitación acordaron hacer la excursión a las ruinas al día siguiente, y cuando el que ejecutaba la guitarra se cansó de hacerlo —había aprendido hacía poco y se disculpaba porque sus dedos no se acostumbraban todavía al dolor que producía la presión sobre la cuerda— se separaron, pues cada uno tenía algunas otras cosas que hacer.
Esa luna, él salió por la hipérpolis como tenía planificado pero, en lugar de dos, solamente utilizó una de sus luces. No tenía ganas de quedarse dormido o estar cansado al día siguiente, y se volvió apenas terminó de cenar; quizás se entretuvo un poco en las ferias callejeras que, así lo descubrió, no tenían más que las típicas esculturas de carbón, algunas con grabados de platino, no más.
A la mañana siguiente, los cuatro viajeros decidieron que lo mejor era contratar a un líder turístico que los llevara hasta El Puerto y, de paso, les explicara un poco la historia del lugar. También acordaron que, por esta vez, no tenía sentido tener miramiento en los gastos, y contrataron uno de los mejores servicios disponibles, que incluía a uno de los más experimentados líderes y, además, un deslizante en el que recorrerían el kilómetro y medio que había hasta la maravilla arquitectónica.
¡Con cuanta fascinación contemplaban la ciudad reconstruida desde el momento en que atravesaron sus puertas! El líder turístico, que se autoproclamaba descendiente de los antiguos porteños, los miraba divertido con sus extraños ojos verdes. Aún así, ya se le adivinaba cierto cansancio a esa mirada; durante tres segundos se propuso contar cuántas veces había ya visto aquella expresión de maravilla que tenían los cuatro jóvenes ahora, pero se dio cuenta que eran demasiadas y prefirió no forzar su vieja memoria con tareas innecesarias. Toda su vida había estado mostrando a los extranjeros la ciudad de sus antepasados (incluso antes de que estuvieran reconstruidas) y estaba convencido de que lo seguiría haciendo hasta sus últimos días. Pensó que, de todas formas, unas vacaciones para conocer por fin la Megápolis no le vendrían mal y se divirtió con la idea de que los jóvenes fuesen sus líderes turísticos allí.
Después un tiempo que ya tenía bien calculado, el líder rompió el silencio con el que sus cuatro turistas contemplaban las ruinas. Les preguntó si sabían a qué se debía el nombre del lugar.
—Me habían dicho —atinó a contestar el ingeniero— que desde acá salieron los primeros exploradores interplanetarios, ¿puede ser?
—¿Ven aquel lago de allá? —prosiguió el líder sin hacer caso; hacía mucho tiempo ya que había dejado de escuchar las absurdas respuestas de la gente— Ése es el Lago del Plata. Dicen que hace mucho, antes de las grandes sequías y los movimientos sísmicos...
—¡Ah, sí! —interrumpió el ingeniero, para intentar disimular su metida de pata anterior.
—...Antes de los movimientos sísmicos, era un río que comunicaba abiertamente con el mar; uno de los más anchos que había en el planeta.
—¿Y en otros planetas? —preguntó otro del grupo, uno de los agrónomos.
—Todavía no se sabía que en otros planetas había agua, y hasta se pensaba que estaban secos, según algunos registros de la época.
Otro de los agrónomos dejó escapar una risa divertida, y a todos se les asomó una sonrisa en la cara.
—Como les decía —prosiguió el líder—, se dice que aquel era el Río del Plata y, por su ubicación geográfica, este lugar era un puerto importantísimo. No se crean que lo digo para regodearme por mis antepasados, pero seguramente era uno de los puertos más importantes del antiguo mundo.
Nadie lo dijo, pero todos supieron que era pura fanfarronería vernácula. Tras otras explicaciones, algunas más floreadas que otras, sobre el origen del nombre del lugar, el hombre instó a los cuatro jóvenes a comenzar el recorrido del lugar.
Ninguno de ellos podía dejar de maravillarse por la astucia y la habilidad con la que había sido reconstruida la antiquísima ciudad, y el líder aprovechaba esa oportunidad para echar laureles a los arqueólogos reconstructores a la vez que les explicaba que, así como la veían, la ciudad también había sido dos mil años atrás: las calles eran de una mezcla de arcilla y hierro, que les daba este peculiar color rojizo, y los edificios, efectivamente, no pasaban los dos o tres pisos de altura; para ser una ciudad portuaria, se entendía que la habitaba muy poca gente.
—¿A qué se dedicaba la gente? —preguntó uno acertadamente, pues era la pregunta que el líder estaba esperando.
—Teniendo en cuenta los restos óseos, y gracias a análisis de tamaño, densidad, grosor de las zonas de inserción muscular —el ingeniero en humanidades corpóreas se sonrió, y los demás adivinaron que se había sentido extrañamente contento por saber a ciencia cierta qué es un hueso y qué una inserción muscular; todos decidieron ignorarlo—, se determinó que algunos, más robustos y especializados en tareas pesadas, seguramente eran trabajadores del puerto; muchos otros presentaban lo que parecían signos de una marcada atrofia muscular y debilidad ósea en todo el cuerpo, excepto en la zona de los isquiones —el ingeniero se sonrió nuevamente y explicó, haciendo parecer fácil algo que efectivamente era fácil de entender, que los isquiones son las partes de los huesos coxales sobre las que se apoya uno cuando se sienta—, que estaba engrosada (y muchas veces con sobrehuesos), denotando una vida sedentaria y en posición sentada. Esto último seguramente era una antigua forma de tortura. Se dedujo en rigor de esto que en las últimas épocas los habitantes de la región habían estado sometidos a una fuerte tiranía, puesto que la gran mayoría de los restos óseos hallados presentaban estas características.
A poco más de un kilómetro de la porción más oriental de tierra que bordeaba con el Lago, se veía reconstruida con magistral tino una estructura de no más de un metro de altura que tenía la forma de una pirámide trunca cuadrángular, la cual ocupaba el centro de una muy ancha avenida. No era necesario que el líder turístico hablara, pues los carteles que la rodeaban ofrecían profusas explicaciones: era el lugar más importante de la antigua ciudad, donde se realizaban los sacrificios rituales en nombre de Cristo. Los cinco se sentían allí como invadidos por las almas de todos los mártires, las vírgenes y los reos que en ese lugar habían muerto, sentían la vibra. Aprovecharon para descansar y tomar holografías del lugar; hasta entonces se habían olvidado, pero sentían que podían hacerlo allí solamente, pues la uniformidad de los edificios (¡con cuanta delicadeza la habían reconstruido!, no podían parar de repetirlo) les parecía, si bien fascinante, un poco empalagosa, quizás aburrida.
Luego de unas tres horas de libre recreación por la antigua ciudad (a todo el mundo se le recomendaba ir al Lago, tan cristalino y apacible), la visita a las ruinas concluía con una visita a la que se suponía (se sabía) como la antigua Casa de Gobierno, que estaba frente a una gran plaza, a escasos cien o doscientos metros al noroeste de la estructura sacrificial. En esa plaza se había erguido, muy justificadamente, un gran monumento en honor a los arqueólogos reconstructores de El Puerto. Se trataba de un busto de mármol que tenía treinta y dos metros de altura y ocupaba una superficie en el suelo de ciento cuatro metros cuadrados, y que retrataba, imponentes, a los dos próceres de la arqueología —todavía seguían vivos y trabajando en las ruinas. Era un espectáculo asombroso. En el edificio de lo que era la Casa de Gobierno, los turistas podían comprar souvenirs y también había algunos restoranes muy modernos en los cuales se podía comer.
Antes de volver a la hostería, alentados por el líder turístico (les dijo que se sentía bueno y los dejaba estar algunos minutos más, pero que no le dijeran nada a su jefe), se quedaron a ver el atardecer sobre el lago; la poca altura de los edificios de piedra y arcilla lo permitía. Se sintieron hondamente honrados de poder disfrutar ese espectáculo tal como lo hacían los habitantes de la ciudad tantos añares atrás. Tomaron unas últimas holografías y volvieron a la hostería con algo nuevo —o quizás muy antiguo— en el alma.

miércoles, 28 de enero de 2009

Uy, me zarpé

¡Ah! Pero qué caradura, me olvidaba de excusarme por eso de no haber escrito por casi dos meses y toda la bola. Bueno, entre finales y que me fui ahicito nomá' a recorrer el Noroeste Argentino por tres semanas, casi casi como que no podía escribir. Ahora sí, ya me excusé. Sin muchas excusas más, pretendo tomar un ritmo un poquito más activo de escritura.
¡Salud!

Guardianes

Dios los elige y Su voluntad ha de ser escuchada. En realidad, intentar pensar que estamos exentos del asunto es una locura; el próximo elegido puede ser cualquiera de nosotros y quizás nos podamos salvar pataleando un poco, pero cuando el Designio haya sido pronunciado con la fuerza suficiente, habremos de acatar y jugar el rol, ponernos esa vestimenta que nos fue seleccionada. Por supuesto, aún cuando es una Voluntad Superior la que habla a través del Guardián, algunos —porque somos humanos, nada podemos hacer— cumplirán la misión mejor que otros, pero nunca he visto en los años que llevo de vida a alguien que se atreviera a desobedecerla o, siquiera, poner una mueca de disconformidad en su elegido semblantes.
Ser el Guardián de la Puerta del Baño del Ómnibus no es cuestión de bromas. Hay, como en cualquier trabajo, muchas pautas que seguir y se trata de un sacrificio cuyo Premio Divino está vedado sólo para aquellos que ya hubieren cumplido su tarea. Para todos los demás, ese Premio, esa consagración por los labores realizados, está más allá de cualquier comprensión que podamos tener del asunto los humanos normales. Algunos pensadores modernos —más arriesgados y críticos que los de antaño— sostienen que ese premio es puramente Terrenal y que no se encuentra en un plano Espiritual (mucho menos en un estadío postmortem), pues la recompensa debería ser proporcional a la tarea. Otros más conservadores señalan a estos primeros como impíos faltos de fe y aseguran que de ninguna manera debe menospreciarse el calibre de la Voluntad. Lo cierto es que nunca nadie se atrevió a cuestionar la antigua Revelación de que aquellos que osaran develar el Premio una vez obtenido, serían castigados con la Vigilia Perpetua de una puerta a la que ningún usuario acomete por razones fisiológicas (la Puerta de Borracheras e Indigestiones es el castigo mínimo; de otros más graves nadie se atrevió jamás a hablar).
La forma de encarar su tarea, quiero decir, de aprenderse el Guión, varía según la persona elegida. Algunos practican sus líneas en sueño desde el momento que se enteran del Designio. Entre estos, algunos han expresado haber caido en un sopor que les pareció durar tres meses —ni un segundo más, ni uno menos, según el acuerdo general— hasta que en el último instante terminaron de aprender su papel, pero que en realidad no tuvo mayor duración que una noche normal. Otros optan por aprender su diálogo in situ, es decir, mientras los primeros usuarios aparecen. "Tirá un poquito más fuerte"; "Tenés que hacer palanca"; "Está ocupado"; "Hay un pedalcito para limpiar el váter" pueden parecer frases fáciles de memorizar, pero el verdadero desafío (no me atrevo a decirlo más que como observador) está en lograr el tono solemne, falto de cansancio y hasta alegre con el que deben pronunciarse. Ya lo mencioné más arriba: creo que ese estado de ánimo es manifestación directa de una Voz Divina personificada en los Guardianes; más prueba de esto es su ausencia absoluta de sueño durante todo el transcurso del viaje.
Estense atentos, pues. Todos podemos ser llamados a Guardianes en el transcurso de nuestras vidas terrenales. La Bienaventuranza espera a quien sea asignado alguno de los dos primeros asientos del ómnibus, reservados eternamente al ejercicio del Deber...

martes, 2 de diciembre de 2008

La realidad superó a Hitchcock

Yo no lo sabía en aquel momento, pero aquellas nubes vaticinaban algo extraordinario y siniestro. Cubrían la tarde de aquel sábado como un manto obscuro que acaso un victimario usara sobre su víctima para llevarlo a los abismales designios de la muerte. ¡Ah! ¡Qué tonto, qué ingenuo fui! Pero la humanidad no podrá juzgarme, ni tan siquiera un número reducido de quienes lean estas crónicas, pues no tenía forma de saber que de un presagio se trataba.
Lo tenía todo planeado; sabía que llegaría demasiado temprano al Instituto. La pregunta sería retórica: "¿Puedo subir a las aulas?" y allí me quedaría al resguardo de aquel otro destino. No contaba, sin duda, con que el joven recepcionista chino del Instituto sería un heraldo de la cruel mano del Destino. Algo en la severidad de su semblante me obligó a preguntar, no ya tan retórico, si era demasiado temprano para subir. "Y sí, es un poco temprano" dijo con una naturalidad que no acompañaban a sus frías gesticulaciones, y prosiguió: "podés volver en cuarenta minutos". Para no agravar la situación, disimulé mi abatimiento y le dije que iría a recorrer las cercanías, procurando volver a la hora prevista. No me respondió, y salí por el chirriante portón metálico.
Le había mentido, no recorrería nada, mi único plan era buscar un lugar (¡si tan sólo hubiese buscado otro lugar!) donde sentarme a leer, pero supuse que no le interesaría, y que tampoco bastaría para que se apiadara de mí. Encontrar ese lugar fue tan simple que hasta el día de hoy me revuelvo los sesos pensando que quizás un artilugio demoníaco situó esa plazoleta —que nunca había visto en los cuatro meses que allí llevaba asistiendo— que ahora veía tan clara y tan llamativa después de sólo haber cruzado aquel maldito portón. También se me cruzó la idea de que una voluntad divina me había llevado allí, elegido para ser testigo y narrar los acontecimientos que sobre ella acaerían. Voy a tomar un descanso ahora, no puedo proseguir sin haber juntado fuerzas.
¡Ah! Qué bien sienta la música al temple del alma humana; puedo seguir con la historia. Había dicho que, por la razón que fuera, esa plazoleta con sus bancos de piedra había sido ofrecida a mi vista. No puedo sino repetirlo: yo era desconocedor de mi destino y no sé si ahora, puesto de nuevo en aquel momento de decisión, volvería a ir o buscaría otro lugar. Crucé la avenida que me separaba del lugar de descanso y, al llegar ahí, pude sentarme en uno de los dos bancos que el lugar me ofrecía. En el otro, había sentados dos de esos seres que me harían vivir el más calcinante terror en los huesos. Ya diferenciándose de su hermafroditismo primario, pude entender que se trataba de un macho y una hembra de la especie. Parecían tímidos, y de cuando en cuando se comunicaban en su ininteligible idioma, el cual tampoco intentaría siquiera escuchar. Relatos de otros infortunados como yo decían que apenas sí pudieron sobrevivir al andrógino sonido, más terrible que el canto de las sirenas, por no estar siquiera dotado de su belleza. Más tarde lo comprobaría.
Su apacibilidad me dio confianza y allí decidí quedarme. De mi bolso saqué la última edición del tratado de Fisiología Humana y me dispuse a estudiarlo, enredándome —como tantas veces lo hubiese hecho en el pasado— en las complejidades del corazón del hombre. ¡Galeno, Harvey, Frossman, Einthoven y tantos otros lo habían descripto ya! Me devolvió a la realidad un ómnibus ya venido a mal que se estacionó enfrente mío. Su único pasajero y conductor era un pobre hombre que se dejaba encantar por las músicas de antaño, aquellas dulces melodías de Vilma Palma o Los Rodríguez que jamás podrían ser producto de las frías eras modernas. Sin darle demasiada importancia, tampoco advertí lo que presagiaba y seguí con mi lectura.
Sin darme cuenta, el cielo se volvía más y más gris. Pronto llegaron más y más de estos seres. Primero fueron dos hembras, después cinco, luego, quizás, tres machos. Cada vez que levanta la vista eran más y ya no sabía de dónde salían. ¿Quizás se reproducían por algún mecanismo asexuado delante de mi vista? Pero... ¿Habían logrado sortear su propia evolución ontológica y presentarse directamente en esa forma? No, no podía ser. Ninguno de mis libros sugería la posibilidad de algo así en la naturaleza. Pero allí estaba la prueba delante de mis ojos, ¡simplemente aparecían de la densa atmósfera que nos circundaba!
Finalmente empezaron a rodearme. Se sentaron en mi banco. Me obligaron a escucharlos. Con inocente perversidad uno gritaba "¡Cantemos algo!" y los demás lo seguían. Sus cánticos paganos hablaban sobre una casa o un campo al que debían asistir; en todos mis años de estudio musical, jamás había yo oido tales tonadas; parecían reservadas sólo para su selecto grupo. Nunca dejé entrever mi incomodidad, pues hacía de cuenta que estaba completamente absorto en mis lecturas. ¡Mentira! Estaba dominado por un terror que se había mezclado con fascinación por estas criaturas; estaba atrapado por aquel canto diez mil veces más maléfico que el de ochenta y seis sierenas. La propia Medusa se hubiese convertido en piedra bajo sus poderes y ni las cabezas de la Hydra hubiesen podido ganarles en número, que ya superaban los treinta o cuarenta. Y seguían apareciendo.
Algún autor clásico pasado al olvido había propuesto a estos seres como cachorros humanos. ¡Que me condenen si alguna vez pasé por una etapa semejante! Pero allí estaba, una evidencia de tal cosa que en el momento me pareció innegable. Ahora me permito pensar que quizás el cantarle el feliz cumpleaños a uno de sus miembros fue una estrategia para engañarme aún más y llevarme al borde de la desesperación. No lo sé. Quizás, y esto se me ocurre mientras escribo, sus milenios a la sombra de los humanos les llevaron a adoptar algunas de nuestras costumbres. Tampoco lo sé. Su nombre real, hominidae adolescens, sin embargo, refleja su capacidad de inflingir dolor sobre sus víctimas.
Ya no podía calcular su número, era imposible, me tenían completamente acorralado. Tenía que pensar una estrategia para salir de ahí sin llamar la atención. Opté por que lo más sensato sería pretender que no me había percatado de su presencia y que me estaba yendo de allí no por estar aterrorizado de su presencia, sino por otra razón. ¡Rogaba porque alguien me llamara al celular! Pero no, eso los podía llevar a un frenesí sexual y hasta quizás ritual. No, no era buena idea. Recordé entonces al joven recepcionista chino y al Instituto; por fortuna ya debían haber pasado cuarenta minutos y mi excusa era tan real que la falta de mentira en mis actos incluso podría jugar a mi favor (tal vez tenían la capacidad de detectar alteraciones en el campo psíquico de sus víctimas, yo no lo sabía). En una pantomima desesperada miré mi reloj y actué como si me hubiese percatado de la hora y de un compromiso puntual. Guardé el libro con calma y salí de la turba, sin hacer movimientos bruscos.
A la distancia y desde el Instituto pude calcular que su número superaba los 50. Dos ómnibus esperaban llevarlos a sabe Dios dónde.
Esa misma tarde, ya alejado del terror que había vivido más temprano, finalmente la tormenta cayó sobre mí. En el escaparate de algún negocio pude ver a una señorita temblando, seguramente por el frío. "¡Si supieras!" quise decirle, pero no me entendería. Me limité a seguir caminando bajo la lluvia, que ya no era una amenaza sino el final mismo de la historia.