lunes, 10 de mayo de 2010

Fracaso

¡Uy! Bueno, hoy era de nuevo el cumpleaños de esta cosa del blog y me olvidé. Bah, no, decir que me olvidé es una salida fácil y barata. Ni siquiera puedo decir que no tuve tiempo porque, a pesar de todo, sí lo tuve, y hasta un poquito también casi que me sobró. Lo suficiente como para actualizar esto, digo, porque me acordaba pero no lo hacía.
Pero vos viste cómo es esto: que las rachas de escritura, que esto, que lo otro, que después lo hago, que todavía hay tiempo. Pero hay tiempo mientras haya tiempo, que después ya te cumple años el bloc de notas virtual y chau, ya no llegaste de nuevo a los 100 posts. Porque, ¿se acuerdan? Hace un año dije que hubiese estado bueno llegar a los 100 posts para su cumpleaños, porque es como redondo, y me faltaban poquitos, no sé, veinte, ponele. Ahora debo andar por el 92 o 93, porque dejé cosas en el tintero, pero no me acuerdo cuántas, y eso el blogspót te lo suma igual.
Bueno, la cuestión es que sí tengo cosas para escribir, pero lo voy a hacer en otro momento, como por ejemplo la semana que viene. Pero es un ejemplo, nomás, che, no me agarren literalmente como esa gente de la tele que no para de agarrarse literalmente y mostrarse videos de las cosas que dijeron unos a otros (¿lo siguen haciendo? no sé, no veo tele), como si uno nunca jamás cambiara de opinión. Que hasta las cositas esas que tenenemos por el cuerpo cambian de opinión. Un día tenés una célula de un epitelio plano estratificado, y al otro día tenés un carcinoma escamoso invasivo, ¿eh? Mirá vos. ¿Se acuerdan cuando escribía sobre las celulitas? Algún día les vuelvo a escribir sobre las celulitas, que sé que a ustedes les gusta. También algún día vuelvo a eso de los cuentitos, y si se portan bien, tal vez hasta escribo alguna otra cosa sobre música.
Que la música es linda. Tan linda que hay gente que paga veinte mil pesos para un poco de música en el Colón, que suena mejor que esos parlantes que tenés vos ahí. ¡Ja! Te hice mirar. Sí, bueno, eso.
Uy, ahora me dieron ganas de escribir. Estaba bueno esto de escribir, che. Pero no a mano, porque este año desarrollé la letra de médico. ¿Les conté sobre eso? (No, no les conté, ya sé, es una forma de hablar). Bueno, a ver si en un año más logro llegar a los 100 posts. Digo, total solo tengo que escribir siete u ocho. ¿Qué tan difícil puede ser?

Tanti auguri al blog.

sábado, 27 de marzo de 2010

Reflejo

Si me preguntan, les digo que lo que soñé ayer es completamente irrelevante. Uno de esos sueños que, mientras se sueñan, uno piensa que se los tiene que acordar porque va a estar bueno para algo. O más que un pensamiento es una sensación, y no es durante el sueño, sino después o quizás antes. No sé, por ahí. Pero sabía que me lo tenía que acordar y sé que apenas me desperté ya no me lo acordaba. Sólo me quedaba la premisa: que el tiempo en los espejos corre de un modo diferente.

No me pregunten por qué, en el sueño yo hablaba con mi reflejo, o al menos interactuaba de esa forma particular en que se interactúa con alguien en los sueños, que no es exactamente quien se supone que es. Pongámosle que yo hablaba y el del espejo me contestaba cosas que en el sueño sabía que pertenecían a otro momento de la conversación, quizás media hora antes, o hasta tres horas después. Pero nos entendíamos. Sé que nos entendíamos porque no recuerdo que no nos entendiéramos. En el sueño, mi propio tiempo saltaba hasta el momento en que obtenía la respuesta del otro lado, pero sabía que el reflejo estaba desfasado y que mi tiempo era continuo.

Todo eso lo deduzco a partir de no más de dos imágenes mentales que me quedaron grabadas y algunas sensaciones. Las imágenes tal vez un poco se mueven, pero diría que no son más que instantáneas de mí mismo frente a un espejo que quizás está un poco empañado, y que seguro no es ninguno de los que pueda haber en mi casa. Todo lo demás son sensaciones, como la sensación de que en el sueño pasaban muchas más cosas y de que cierta trama había pero no me la puedo acordar.

Digo que el sueño es irrelevante porque no tiene misterio: no tengo que darle vueltas y vueltas para entender de qué interpretación rebuscada de la realidad salió. Ese mismo día se le había acabado la pila al reloj grande de mi habitación en el que suelo leer la hora. Se había quedado a eso de las 5:35 y avanzaba lentísimo, cosa que cuatro horas más tarde recién eran las 5:45. Así que cuando eran las doce de la noche o las tres de la mañana, leía siempre primero una hora fuera de hora, y después la corregía mirando la hora del celular o de la computadora. Había una hora real y una hora que era reflejo de la que alguna vez había sido —y sería, cuando la hora real volviera a pasar por ahí. Había un yo real y un reflejo en otra dimensión temporal que con algún momento debía corresponderse.

Pero me gusta pensar que tal vez fue al revés: ¿quién dice que el reloj no se rompió como un reflejo del mundo onírico? Quizás en algún sueño me vaya a olvidar de haber escrito esto y del resto de mi vida, y sólo me acuerde del reloj roto.

lunes, 15 de marzo de 2010

Maya

Todo empezó aquel día, hace algún tiempo que ni yo como narrador de este relato puedo precisar. Quizás fue ayer o hace dos siglos, o un milenio antes de nuestra era. ¿Acaso importa? Él notó sin interés un movimiento involuntario en su mano, una pequeña flexión en las falanges distales de los dedos anular y meñique izquierdos. Casi imperceptible. Un tic. Una fasciculación que por sí sola hubiese resultado totalmente irrelevante a cualquier relato.

El asunto siguió con un temblor vermiforme en la mano izquierda, que se propagó desde la muñeca hasta la punta de los dedos, y al cual no supo todavía conectar con aquel pequeño tic involuntario de hacía quizás dos días, quizás una semana. Lo cierto es que esta vez no lo pudo ignorar y tardó hasta siete minutos en quitárselo de la cabeza. Le costó aún más olvidarse de un violento movimiento de flexo-extensión que le sacudió el antebrazo izquierdo, haciéndole volcar una jarra de agua que llevaba.

Ya nunca más pudo recordar cómo era su vida antes del día en que todo su miembro superior izquierdo, desde el hombro hasta la mano, ejecutó una violenta danza espontánea.

Preocupado, había consultado a médicos, curanderos, ancianas, curas, sacerdotes, psiquiatras, hechiceros, chamanes, oráculos y homeópatas. Pero, antes o después de exhaustivos tests mioneurales, de análisis de sangre y de orina, de estudios genéticos, de rituales tanto paganos como santos, de sangrías y de ayunos, todos le habían dicho que seguramente se debía a estrés o a un espíritu que se le había metido. Le dijeron que se tomara vacaciones e hiciera sus rezos, que consultara con alguien más especializado o que ardiera en las llamas de la hoguera, y que se tomara tres de estas pastillas azules por día.

El movimiento del brazo comenzó siendo completamente aleatorio, una corea sin ton ni son que iba y venía. Con el pasar de los días o de los meses, porque ya era difícil de seguirle el rastro al tiempo, la frecuencia de los episodios iba aumentando, hasta que en determinado momento se había vuelto todo un solo movimiento constante. Sin pausas. Sin respiro. Pero fue a partir de entonces que la intensidad de los movimientos también comenzó a disminuir. Cada vez eran más lentos y agraciados, hasta tener la forma de actos voluntarios. Pero no provenían de su voluntad, y de eso estaba seguro. Todo su brazo ejecutaba lo que le placía.

Por esos tiempos, a su miembro inferior derecho comenzó a pasarle lo mismo y con una progresión similar. Era desesperante. Quiero que el lector se ponga en su lugar: era sinceramente desesperante.

No supo ver que había una conexión en el movimiento involuntario de ambas extremidades hasta que estuvo tomado también todo el brazo derecho. Se dio cuenta que había una torpe armonía en sus movimientos; armonía de la cual quedaba excluída la pierna izquierda, que todavía era suya. Fue ésta la que logró mantener el equilibrio de todo el asunto por un tiempo. Aprendió a caminar cuando la pierna derecha así lo requería; para cambiar de dirección, inclinaba su cuerpo sobre el lado izquierdo y saltaba, pivoteando con el pie funcional sobre su eje. También era este pie el que ayudaba a no chocarse contra las paredes, porque su nuevo cuerpo no veía hacia donde iba, algo que resultaba ciertamente peligroso. Cuando no quería moverse de donde estaba y su pierna derecha comenzaba la marcha, él lograba tirarse al suelo y elevar las piernas, una de las cuales entonces caminaba sola en el aire. Pero eventualmente perdió también la pierna izquierda.

Su angustia en ese momento no fue nada comparada con la que sintió cuando perdió el control del tórax, el abdomen y la cara. Seguía respirando perfectamente, pero no era su respiración. Sin su cara y sin su respiración ya no tenía forma de expresar su dolor o sus alegrías. Había perdido lo que lo hacía sentirse vivo y ser él mismo. Había perdido su ser externo. Lo único que sentía suyo era el control de los ojos y los párpados. Como con el resto del cuerpo, los gestos que en su cara se veían eran ajenos a su control.

Él, quizás por reflejo, seguía intentando moverse. Más allá de todo, sentía aún sus piernas, sentía sus manos y sentía todo el cuerpo, pero no los tenía con él. Sus ojos, sus oídos y su pensamiento estaban en la que consideraba su realidad, pero sus sensaciones táctiles, su gusto y su olfato no se correspondían con lo que sus ojos veían que tenía que sentir. Esto lo hacía marearse a menudo. Tampoco le dolía cuando se suponía que le tenía que doler, como por ejemplo cuando se chocaba contra una pared o tropezaba con una roca. En ocasiones, y aparentemente de la nada, sentía intensas oleadas de dolor, cuya cualidad podía variar desde golpes y pinchazos hasta terribles quemaduras. Su cuerpo, sin embargo, sólo registraba las cicatrices que él había visto causarse. De la misma manera, los climas que sentía muy rara vez eran las que se suponía que correspondían al lugar donde estaba, pero le parecía que tenían un sentido geográfico propio.

Con el tiempo, comenzó a observarse a sí mismo, a sus sentimientos y a sus sensaciones. Entendió que si cerraba los ojos y prestaba atención, todo cobraba sentido. Ya no se mareaba. Podía ahora sentir e interactuar con un segundo mundo que lo rodeaba, ajeno a su vista y a su oído. Sentía y agarraba objetos, caminaba por terrenos por los que podía moverse bien si prestaba atención. El cuerpo que palpaba no era el suyo. Era quizás un cuerpo de hombre o de mujer, con vestimentas que tal vez podían ser de lo más refinadas, o de lo más andrajosas. Era quizás un rey, una princesa, un monje tibetano, una amazona, un empresario, un troglodita, o un miembro de alguna cultura que nuestra sociedad no ha visto aún.

Se acostumbró entonces a vivir con los ojos cerrados. Encontraba tranquilidad de esta forma, y podía vivir una existencia en que su ser no era su ser, pero era. En él no había ya confusión. Cuando abría sus ojos notaba que su cuerpo también había encontrado la paz. Pasaba ahora largas horas meditando y no se interesaba ya por los placeres terrenales. Su cuerpo era de él mismo y era de alguien más, y en el cuerpo de alguien más estaba él mismo. Sabía ahora que no era el único ser en el Universo, y ya no podía creer en la realidad de la realidad, pues no había una sola, ni había dos, ni había tres. Más que nunca, se sentía parte de un Universo que a su vez era una parte de él mismo. Él era todo y era nada. Entendió que la realidad es infinita y eternamente cambiante, y que lo que parece serla, no lo es.

En ese momento, el velo de la ilusión desapareció y su cuerpo murió.

miércoles, 3 de marzo de 2010

La siesta

Convencidos de que la muerte no era eterna sino simplemente un estado más del ser humano, los habitantes de alguna remota tribu, quizás en África o quizás en algún lugar de Asia, se dedicaron a preservar a sus muertos. Así como el sueño es la otra cara de la vigilia en el largo ciclo de la vida, ellos creían —o sabían— que la muerte lo era así de la vida en un círculo mucho más extenso, quizás eterno. Tan prolongado es tal estado de muerte que el cuerpo sucumbe eventualmente a los influjos de la descomposición, como así lo haría alguien que, yaciendo en cama por meses, no fuese debidamente cuidado. Sabiendo ellos esto, dedicaron todos sus esfuerzos a mantener alejado de sus muertos el decaimiento, conservándolos.
Así, pasado un período de tiempo que la humanidad todavía no ha visto, el primero de sus fallecidos despertó a la vida y en la antigua civilización se celebró su segundo amanecer.

sábado, 27 de febrero de 2010

Si matás a alguien, tal vez te hacen una canción y todo

Los asesinatos y sus protagonistas, tan retratados en la literatura universal, son todo menos un tema tabú en la música popular. Se los ve tratados en infinidad de estilos musicales y en distintas regiones del mundo. Por mencionar unos pocos y que todo el mundo debe conocer, podríamos tener a Mack the knife, originalmente una canción en una obra de teatro alemana, traducida al inglés y convertida en standard de jazz por Louis Armstrong, y popularizada aún más por este otro tipo que no me acuerdo cómo se llama, o también Maxwell's Silver Hammer de los Beatles dentro del rock británico. En el Río de la Plata tenemos tangos como Dicen que dicen*, en la que el propio asesino cuenta y hace confidente de su historia al que la oye, o la Milonga de Gauna, de Jaime Roos, homenaje al guapo ficticio creado por Adolfo Bioy Casares. El crimen muchas veces es un tema retratado con cierta ironía o humor, y no se descarta que las canciones puedan tener melodías francamente alegres —o, por supuesto, claramente oscuras.

De entre todos los que se puedan nombrar, hay un tema que se destaca por su notable historia musical de constantes interpretaciones y reinterpretaciones a lo largo de más de un siglo. En la cultura norteamericana, "Stagger" Lee Shelton, un taxista y chulo que vivió en el siglo XIX, quedó inmortalizado en esta canción como arquetipo del tipo rudo y frío que se sabe fuera de la ley y al que todo el mundo le teme. Un auténtico badass, como alguna vez leí que le decían. En vísperas de la navidad de 1895, Lee Shelton mató de un tiro en el abdomen a William Lyons (o Billy De Lions, como se lo llamaría a veces). Ambos eran amigos y jugadores frecuentes, y la historia dice que esa noche Lyons le sacó el sombrero a Shelton de la cabeza y se lo puso él (las distintas versiones también dicen que Lee lo perdió en una apuesta). Este último, irritado y viendo que Lyons no se lo iba a devolver, le disparó en el abdomen y, mientras su amigo agonizaba en el suelo, le sacó el sombrero y se fue caminando tranquilo. Cuando finalmente lo detuvieron, Lee Shelton fue ejecutado en la horca.

Stagger Lee se convirtió en una canción popular en el folclore del blues, y una de las versiones más viejas de las que se tiene registro la grabó Mississippi John Hurt en 1928. Es ésta:



Esta versión se centra en cuatro puntos de la historia: primero, la aparente inhabilidad de la policía para capturarlo, luego el pedido de piedad de Billy Lyons ("Please don't take my life, I got two baby children and a darling loving wife"), la crueldad de Stagg al contestarle que no le importa su familia y que se lo merecía por robarle el sombrero, y finalmente la muerte del asesino y el alivio del pueblo.

Más tarde se popularizó una nueva versión del tema, más larga y con una melodía y letra ligeramente distintas. Fue la que grabaron artistas como Neil Diamond, Lloyd Price o, en este caso, Wilbert Harrison:



En esta versión el narrador es alguien del pueblo, cuyo bulldog le ladra a los dos hombres que estaban hablando en la oscuridad. Ahora se centra más bien en el momento del asesinato, apareciendo nuevamente el pedido de piedad de Billy ("Oh please, don't you take my life", pero esta vez tiene tres hijos y la esposa está enferma). Ahora se muestra cómo Stagger Lee va a buscar el revólver .44 a su casa y vuelve al bar para matar a su amigo. No se menciona ni a la policía ni la muerte de Shelton.

La cosa se pone divertida cuando más adelante aparece una versión groseramente más inocente cantada por el propio Lloyd Price en 1959, que llega a niveles de popularidad mucho más altos que las versiones anteriores, ya que es presentada ante la audencia del programa American Bandstand de Dick Clark. Este último fue el que impulsó el cambio en la letra, diciendo que la original era demasiado morbosa para su público.



Esta vez la melodía y la forma en general se mantienen, pero la pelea es porque Stagger Lee le prestó plata a Billy Lyons y éste, además, le robó a la novia. En lugar de haber un revólver de por medio, Stagg se enoja y dice que no le quiere hablar nunca más a su amigo. El tema se resuelve cuando, en lugar de morir, Billy se da cuenta que hizo mal y le devuelve la plata y la novia a Lee, que lo perdona y todos son felices de nuevo. (¡Convirtieron a Billy en el malo, che!)

Hoy día rondan otras versiones más oscuras en las que se le atribuyen más asesinatos y se concentran en la crueldad e inmisericordia de este muchacho, ahora mencionado como Stack-O-Lee, que fonéticamente suena básicamente igual. Son muy parecidas, o tienen elementos muy en común, las versiones de RL Burnside (que asumo será la original de esta nueva tanda), Nick Cave (de un aire muchísimo más oscuro y la cual, digámoslo así, tiene un tinte más sexual hacia el final), y una sorprendentemente buena versión por Samuel L. Jackson para la película Black Snake Moan**:



Esta es la única versión de la que tengo registro en la que el asesino está hablando en primera persona. Es básicamente la misma estructura que en la de Burnside y Cave, en la que aparecen elementos como caminar por el barro para llegar a la taberna llamada Bucket of Blood, de matar a tiros al cantinero con su .44 y más tarde a Billy Lyons. Además, es la única versión en la que no se menciona el nombre de Stagger Lee y se da a entender de quién es el que está hablando por la referencia a Billy Lyons.

Hay otra versión por Grateful Dead en la que dicen que como los oficiales le tenían miedo, la viuda Lyons fue y le disparó en las bolas para que después lo ahorcaran. Y llegamos a mi versión favorita, por Pacific Gas & Electric, que es parte de la banda de sonido de Death Proof, de Quentin Tarantino:



En esta versión se conjugan muy bien elementos que aparecen en todas las demás, junto con otros nuevos. Están el bulldog del narrador, que ladra al oir la pelea de los amigos —ahora llamados Staggolee y Billy DeLyon; se mencionan también el barro por el que camina el asesino, su acusación de haberle sacado todo el dinero y el sombrero, el pedido de piedad de Billy (nuevamente los tres hijos y la esposa) y, de nuevo, que a Stagg no le importaran ninguno de ellos. Se vuelve a hacer referencia al miedo de la policía (excepto el sheriff ahora) de ir a buscar al asesino o del alivio de todos al morir éste, y aparecen partes más divertidas como que el verdugo se asusta al ver que no se rompía el cuello de Staggolee. Finalmente, una vez muerto amenaza al mismísimo Diablo con su revólver .41 y se proclama el nuevo amo del Infierno.

La lista de los artistas que interpretaron este tema es francamente interminable (si no me creen, busquenlá, que yo la acabo de ver). Me encantaría ver que con alguna otra canción se hubiese hecho algo por el estilo. Claramente, algunas se prestan mejor que otras; no podría imaginarme algo así con Blackbird o Dale alegría a mi corazón. ¡Por favor!

*Agradezco a Nico, que me tapó el bache en mi conocimiento de tango
**Pongo esta versión sin imágenes de la película, porque esas tenían los fucks y motherfuckers censurados, y no es tan divertido.

viernes, 22 de enero de 2010

Mindblowing

Imagínense que esto que acaban de leer es el mejor cuento en la historia y estense contentos. Es un servicio de mí para ustedes.

lunes, 18 de enero de 2010

Y barbarie

Es por esa cosa que tenemos los argentinos. Un ombligo muy atractivo, ponele que es. ¡Pero botellazos! Por favor.
Ya había empezado ayer, pero no fue para tanto. Yo llegué tipo ocho, cuando los sonidistas estaban preparando todo, y me senté en el suelo, a pocos metros del escenario. Éramos muchos en el suelo. Y de a poco empezó a aparecer gente que quería ver más de cerca, o ya no encontraba lugar en el suelo, y se paraban delante de la valla. O sea, detrás de la valla, pero delante nuestro. Y de un momento para otro, todos, por esa cosa sincicial que tienen las multitudes, estaban gritando "¡Abajo!" y chiflando. Costaba entender que lo que querían los protestantes era que se sentaran los que estaban parados adelante. Porque había como dos metros entre la valla y el escenario, y costaba ver lo que pasaba. De todas formas, los gritos tenían esa tonalidad medio amistosa del "¡Eh, bolú!" porteño. Ayer, digo. Pero en cuanto Lebón pisó el escenario, lo aplaudimos y nos pusimos de pie, y lo seguimos aplaudiendo otro poco, y ya nadie estaba sentado. Porque además no es música para escuchar sentado. No. Y empezaron a tocar y nos olvidamos de todo el asunto.
Pero hoy, ¡ay! Hoy fue más bestial. En el momento no me di cuenta a qué me hacía acordar toda la escena, pero ahora creo que la imagen mental que me daba era la de El Matadero, de Esteban Echeverría. Creo. Tal vez me acuerdo mal el cuento, no sé, lo leí hace más de cinco años. No, acá no hubo unitarios, eso seguro. Cuestión que hoy llegué más o menos a la misma hora que ayer, quizás un poco más temprano. Ponele que a las ocho menos cuarto. Había menos gente que ayer, y todos estábamos preparados para quedarnos sentados todo el rato, porque calculábamos la música como más tranquila. Y era domingo y había reposeras y familias. Este país tiene algo con los domingos y las reposeras, sea donde sea que uno esté. Se fue haciendo la hora y empezó a pasar lo mismo que el día anterior: empezó a llegar gente que por tal o cual motivo no quería sentarse y se empezó a poner atrás de la valla. Pero nada que ver con lo de ayer, ¿eh? Hoy era una monocapa de personas, tipo nada, y las cabezas apenas sí tapaban un poco más el escenario que lo que lo hacía la valla misma. Y eso que yo estaba sentado bien adelante, o sea que si a alguien tapaban, era a mí y a un par más. Pero igual, los que estaban sentados más atrás se pusieron a gritar "¡Abajo!". Esta vez con un poco más de furia que ayer. Yo no sé, si me preguntás a mí, hubiera elegido otra palabra, tipo "siéntense", o algo que sea un poco más entendible como "Che, los que están adelante parados, ¡abajo!".
Como dije, había familias con reposeras. Había un perro que ladraba agudo. Había un bebé. Y estaba esta familia, con la madre teñida de rubio, en sus muy mal venidos cuarentas, el nene parado sobre la reposera, y la nona, que parecía que mucho no sabía dónde estaba, o le daba lo mismo, y que tenía un gesto un tanto cliché de abrir y cerrar una boca que parecía no tener dentadura. Tenía un ángulo hacia adentro. Raro. Como un Pac-Man, ponele. Pero raro. La madre era la que más gritaba a los de adelante, con una sonrisa socarrona y un aire de no tener nada mejor que hacer. No había empezado el show, y los gritos de "¡Abajo!" ya eran furiosos. E incesantes. Furiosos e incesantes, eso.
Hubo como un respiro cuando se prendieron las luces de show y parecía que iba a empezar. Yo me paré y empecé a ir para adelante, como varios otros, y de nuevo empezaron los gritos, todavía más furiosos y con cierta amenaza en el tono. Y bueno, algunos nos sentimos un poquito intimidados y volvimos a sentarnos. Y apareció Mavi Díaz y su banda entre todo el abucheo para los que estaban parados. Pobrecita. Empezaron a tocar y todavía seguían gritando, y casi no los aplaudían a ellos. Estaban más concentrados ahora en lograr su objetivo de bajar a los de adelante que en escuchar la música. Preferían ver que escuchar. Yo eso te lo califico de gesto vacío, disculpame. Cuando ella empezó a cantar, ahí se callaron. Y cantaba lindo, denserio. Pero el clima estaba tenso y entre tema y tema mucho no se aplaudía, y a veces incluso seguían abucheando a los de adelante en lugar de aplaudir y vitorear al grupo. Daba como vergüencita la falta de respeto hacia los músicos y el ensañamiento por lograr creo que ya no sabían qué cosa.
Ah, no les dije: para ese momento ya habían volado hacia delante algunas bolsas cargadas, supongo, con papeles usados y ese tipo de basura. Sospechosamente tenían una trayectoria que bien podía nacer desde la señora teñida de rubio, que les juro que parecía divertida con todo el asunto de los gritos.
Lo triste de todo esto fue cuando la banda hizo el último tema anunciado y se retiró. Pasaron algunos segundos desde que se habían ido del escenario, y ahora la multitud sentada ya estaba enfurecida, y volaron incluso algunas botellas, siempre con los gritos de "¡Eh!" y "¡Abajo!" acompañando. Está bien, eran botellas de plástico, exageré. Pero, dale, estaban tirando botellas a la gente. Y nadie estaba cómodo, ni los que canturreaban, ni los que estaban parados, ni los que estábamos sentados solamente, tratando de estar cómodos. Y nadie cedía: ni los que estaban parados se sentaban, por una cuestión de respeto o buena onda, ni los que cantaban se resignaban a calmarse. Porque ya está, che, no es tan grave. Bueno, lo que decía: lo triste fue que entre todo el abuchamiento, Mavi Díaz y su banda volvieron, y ella dijo "Gracias, gracias". ¡Pobrecita! Pensaba que era un encore, un bis, y todo el asunto no tenía nada que ver con ella ni con nadie que pudiese estar en el escenario. Y he visto encores en mi vida, pero nunca ninguno que no lo fuese realmente. No sabía ni que existían. Los encores que no son encores, digo.
Pero cuando apareció Luis Salinas, yo me paré. Muchos nos paramos, y no nos importó nada. Lo queríamos ver más de cerca. Y todo estuvo perfecto. Casi. Porque parecía que ya había pasado todo el asunto. Pasaron no sé cuántos temas, y de repente no sé, hubo un intervalo de unos pocos segundos y un tema que empezaba despacito, con un solo de piano lindísimo, pero ya estaban gritando de nuevo. Y digo que era lindísimo porque parecía que debía serlo, pero ya no se podía escuchar directamente. Y te juro que no sé qué les agarró ahora, porque llevábamos como cuarenta minutos parados y nadie había ni chistado. Pero se ve que tenían que llenar el silencio. Y el tecladista estaba tocando y sintiéndolo, y los de atrás no paraban de abuchear. Pero no a él. Y fue largo. Fue una árdua pelea entre abajos y shhh!s que hizo que ese pedazo de música se perdiera.
Y sólo por ganar la discusión, ¿eh? Sólo por ganar la discusión, que ya era solamente forma y no tenía contenido. Porque era obvio que no nos íbamos a sentar y que no teníamos por qué hacerlo. ¿Qué pasaba si nos sentábamos?

Bueno, bueno, perdón, pero después de más de cuatro meses de no escribir, tenía que empezar por algo más campechano, que sino no me sale. Pero es que miren qué lindo que tocan la musiquita:

martes, 29 de septiembre de 2009

El viejo Quinteros

Ayer por la noche, a sus setenta y dos años, murió Daniel Quinteros. Es difícil ponerlo en palabras, pero lo cierto es que a todos los que lo conocimos en vida nos cuesta realmente afirmar que haya muerto. Ayer cenamos con él en su casa de San Telmo y con él conversamos hasta que se fue a dormir. Antes de que se fuera a dormir lo saludamos efusivamente, y después los demás nos fuimos a conversar a su biblioteca durante otro par de horas. En los últimos tiempos ya casi no nos reconocía, por supuesto, pero esa noche también se mostró simpático y agradable, lo mismo que durante toda su vida. Creemos que murió poco después de acostarse en la cama y cerrar los ojos.

Daniel era un tipo especial. Repito que es difícil decir que haya muerto. Cuando digo esto de él, no lo hago en el sentido de que es porque vaya a vivir por siempre en nuestra memoria —a pesar de que así lo creamos—, sino porque, para él, ayer fue el momento de su nacimiento. De nuevo, no quiero decir que ayer haya comenzado su vida en un sentido espiritual, ni nada de eso. Ayer, Daniel Quinteros llegó a nuestro mundo.

Daniel, en el sentido más literal que pueda imaginarse, vivió toda su vida a destiempo. Para él, el futuro (aquello que todavía no había vivido) era nuestro pasado, y sus memorias transcurrían en nuestro porvenir. A su forma de verlo, nació el 28 de Septiembre del 2009 y vivió hasta el 9 de Agosto de 1937. Dicho de otra manera, él sabía que moriría siendo pequeñísimo en 1937, y nosotros le creíamos cuando decía que el 29 de Septiembre del 2009 ya no estaría entre nosotros, porque todavía no habría nacido.

Pereyra y yo lo conocimos en el '73, en un viejo bar de la calle Corrientes. Nosotros tendríamos 19 o 20 años, y él estaba por sus 36. La primera vez que lo vimos casi terminamos a las piñas porque el muy tarambana se sentó en nuestra mesa y nos saludó como si nada, como si nos conociéramos de toda la vida, y nos habló por nuestros nombres y apellidos, y nos preguntó sobre cómo andaban nuestras familias. Con el gordo Pereyra pensamos que era una movida política, que nos estaba buscando por algo. Cuando se dio cuenta que la cosa se estaba poniendo fea, se disculpó y dijo dos cosas que en ese momento nos parecieron rarísimas: que no se había dado cuenta de que al fin había llegado el día en que le habíamos dicho que dejábamos de conocerlo, y que no nos preocupáramos porque ya de todas formas se estaba yendo para Uruguay. Nos pareció un desquiciado, pero como de repente se había puesto un poco melancólico, el gordo y yo decidimos calmarnos. Se levantó de la mesa y, antes de irse, nos dijo: "Daniel, yo era Daniel Quinteros. Adiós, muchachos", y se fue cabizbajo y a paso triste. Pereyra se entró a cagar de risa.

Después de eso, tardamos como un año en acostumbrarnos a tenerlo cerca. El tipo nos seguía saludando, a veces varios días seguidos, a veces desaparecía una semana, pero siempre volvía. Nos resultaba extrañísimo que cuanto más pasaba el tiempo, más tiempo parecía que faltaba para su proyecto de irse a Uruguay. Fue recién por el '75 que nos empezó a caer la ficha, que fue cuando lo conocimos al Núñez; era un tipo que acababa de llegar del otro lado del charco, y que parecía conocer a Daniel por lo menos desde el '66. Dijo que no lo veía desde el '73, cuando se había venido para acá. Algunas semanas después de estar juntándonos los cuatro, cuando el Núñez y Daniel vieron que ya no podíamos seguirles sus charlas, decidieron explicarnos, al gordo Pereyra y a mí, de qué se trataba la vida de Daniel Quinteros.

Su mente funcionaba como la de todos nosotros. Los libros los leía de principio a fin, obviamente. Su memoria generaba recuerdos de la misma manera que nosotros, pero le gustaba decir que lo habían puesto a andar al revés. Con su sola presencia, aunque quizás para la humanidad pasara completamente desapercibida, demostró lo relativo del tiempo. Un tipo que conocimos una vez, y que estudiaba no sé qué cosa, nos dijo que si el tiempo no era eterno en sí mismo, Daniel por lo menos sí lo era: cuando él mueriera en el '37, para nuestro tiempo iba a estar naciendo, y cuando para nostros muriera en el 2009, él en sí mismo iba a estar naciendo; dijo que quién sabía dónde se cortaba el asunto. Nos dijo también que menos mal que había nacido viejo y muerto joven, que sino lo otro quería decir algo así como que sus padres también eran como él, y que lo mismo con los padres de sus padres hasta quién sabe cuando, y que eso sería una paradoja temporal inconciliable. Estaba un poco pirado el tipo, siempre lo dijimos.

Daniel estaba completamente adaptado a vivir al revés. Agarraba y a la mañana temprano, cuando los demás se levantaban, él decía que se iba a dormir. Cuando se despertaba era de noche y nosotros nos estábamos yendo a acostar. Pero mal que mal era básicamente lo mismo. Igual que con los saludos: para él toda su vida "hola" significó lo que para nosotros es "chau" y al revés. Las conversaciones entre amigos con él eran prácticamente normales, porque él se sabía cosas del pasado, fuera porque las había leido o porque nosotros se las habíamos contado en nuestro futuro, y así la podía caretear un poco. Rara vez nos contaba cosas del futuro de la humanidad o de nuestras vidas, porque sabía que a nosotros no nos gustaba. A veces se le escapaban algunos comentarios o algunos consejos. Todos nos asustamos cuando, en el '85, un día saludó al pelado Ortíz como si no lo conociera. Al día siguiente le pasó eso de que lo agarró el tren. Nosotros más adelante le hablamos del pelado para que no nos volviera a dar el susto en el pasado, pero se ve que siempre siguió haciendo lo mismo porque no le ubicaba la jeta.

Con el pasar de nuestros años él fue juntando algo de guita, porque tomó buenas decisiones financieras. Más allá de eso, su vida transcurrió con bastante calma y relativa normalidad. Nunca tuvo quilombos con la cana y ningún científico, salvo el pirado aquél, se enteró de su asunto. Daniel era un bohemio de esos intelectualoides. El único placer que no se pudo dar fue el de hacer la carrera de Historia, que siempre le pareció una idea copada. Se reía de la ironía de que sus métodos pedagógicos fueran unidireccionales y no se adaptaran a gente que la caminaba al revés. De su infancia sabemos poco y nada, pero creemos que debe haber sido traumático ser un pibe al que no le entienden que piensa al revés, y que además sabe que cada vez va a entender menos de lo que pasa a su alrededor. El gordo Pereyra tiró el chiste de que debió ser el recién nacido más inteligente de la historia. Cuanto más viejo fue, menos información tenía del mundo y más senil parecía. Nosotros siempre hicimos el esfuerzo de que conociera las cosas más antes que después en su vida. Pero hablar de él da para rato.

En definitiva, poniéndolo de otra forma, mañana por la noche va a nacer Daniel Quinteros. Todavía hoy nos es difícil conciliar la idea de que el tipo vaya a nacer, pero damos fe de que así va a ser. Mañana en un momento se despertará en una casa de San Telmo y cuando lo vayamos a saludar desde la biblioteca no va a saber quiénes somos, pero igual lo vamos a hacer efusivamente y le vamos a dar su primera cena.

Ahora que lo pienso, quizás el tipo toda su vida comió la comida fría y después se le iba calentando, pero nunca nos dijo nada porque le pareció de lo más normal. Hoy en el entierro lo charlamos con los muchachos, y nos pareció que, a fin de cuentas, nosotros le debemos haber dado su nombre y su apellido. Qué cosa, che.

miércoles, 29 de julio de 2009

Algo en la redacción...

Ya sé. Ya sé que no escribo hace poco más de un mes y que dejé por la mitad una historia. Ya llegará, lo prometo. Es que no podía dejar pasar esto:
Estaba estudiando del Robbins, un libro de Patología que ha sabido darme otras alegrías como ésta: "No es necesario detallar las leyes de Mendel aquí, ya que todos los estudiantes de biología, y principiantes posiblemente todos los guisantes, han aprendido sobre ellas en una edad temprana." (sic). La traducción es tan mala que ni siquiera se me ocurre qué decía en inglés. De hecho, durante varios días (creo que por una semana) busqué la edición original en inglés para resolver la duda, pero nunca la pude conseguir.
Recién me topé con esto:
"La neurofibromatosis tipo 1 tiene tres signos principales: (1) tumores neurales [...], (2) numerosas lesiones cutáneas pigmentadas, algunas de las cuales son manchas de café con leche, y (3), hamartomas del iris pigmentados...".
¿No limpian a sus pacientes estos doctores? ¿El valor diagnóstico está en la torpeza de esta gente? ¿O es que no tienen un editor que se encargue de que el libro tenga sentido?
Los dejo con una joyita. Yo siempre dije que la gente debería hacer buena música vestida de animales:


Harry Nilsson - Coconut
(1971)

martes, 23 de junio de 2009

Umini - Parte I: El ser gigante

—Si le tengo que decir la verdad, a veces me siento como un gigante inmenso. Es una sensación bastante peculiar.

Así comenzó Horacio Umini nuestra charla mientras nos sentábamos en el living de su casa, y yo no pude más que reirme. Era una afirmación bastante grotesca, casi un oximoron, siendo que provenía de un hombre ya bastante entrado en los cuarenta y que a duras penas alcanzaba el metro sesenta y cinco de estatura. Lo dijo con una sonrisa honesta, pero en sus ojos centelleaba el desafío, como si hubiera pretendido desde un principio que yo riera. Aún así, no lo había dicho en broma. Me sentí extrañamente avergonzado e incómodo.

Mi sonrisa se borró, me aclaré la voz, y él volvió a hablar. Me pareció nuevamente que él había estado esperando esas señales para continuar.

—Escuchemé, Elizalde. ¿De qué estamos hechos los seres vivos?
—De agua y otras mol...
—¡No me tome el pelo! Eso hay en todos lados, quiérase o no. ¿Qué nos caracteriza?
—Las... ¿células?

Vale aclararlo ahora, antes de seguir con el relato: Umini era el líder de una agrupación sinceramente desconocida y casi irrisoria que luchaba por los derechos de las bacterias. Los hechos que me llevaron a estar entonces en su living fueron de lo más extraordinarios, pero mencionarlos ahora sólo entorpecería la historia. Sólo digo que él, gustosísimo, había accedido a darme una entrevista. Era un hombre pequeño y regordete, con una cara bonachona que estaba adornada solamente por unos bigotes entrecanos. En sus ojos se adivinaba cierta sagacidad.

—¡Células! Sí. ¿Sabe cuántas hay, aproximadamente, en el cuerpo humano?
—Unos dos o tr...
—¡Hay aproximadamente muchísimas!— Umini se rió a carcajadas por un buen rato de su propio chiste, hasta que logró serenarse. —Son muchas y muy pequeñas. Si uno fuese a imaginarse a un gigante que nos tuviera a nosotros como componentes celulares, para él el Monte Everest sería una roca. En estatura seguramente sobrepasaría la estratósfera y, con los pies sobre los fondos oceánicos, tal vez sus aguas no llegarían a mojarle las rodillas. Así que, sí, somos enormes.

Entonces se quedó callado y me miró fijamente, como si me estuviera obligando a procesar lo que acababa de decir. Después de varios segundos o minutos prosiguió:

—¿Y qué saben ellas, las células, de que nosotros existimos? Probablemente nada.
—¡Ahí se está equivocando!— Pude objetar por primera vez desde que empezamos a hablar.— Las células se comunican entre sí para garantizar que nosotros funcionemos, hay hormonas, hay transmisiones nerviosas, hay...
—¿Y entonces?— Me interrumpió Umini con una sonrisa— Eso no responde mi pregunta en forma alguna. Por supuesto que las células saben, o al menos intuyen de alguna manera, que las demás células existen. También, a su manera, deben estar al tanto que las demás son necesarias para su propia supervivencia, y que ellas mismas lo son para la de las restantes. Mi pregunta es: ¿Qué saben de nosotros, como seres vivientes, íntegros y multiorgánicos?

Más allá de mis posibles objeciones, su propuesta sin duda tenía cierto atractivo. Interesado, lo dejé continuar.

—Nada. Seguramente nada. Nosotros también sabemos de la existencia de otros seres vivos, incluso con distintas formas, distinta organización y distintas formas de actuar. Todos interactuamos unos con otros de distintas maneras, tanto directa como indirectamente, tanto con los que tenemos al lado como con los que están a kilómetros de distancia. ¿Pero qué me dice usted del gigante? ¿Conoce al ser que formamos?

Me reí otra vez. —¡No hay ningún ser!

Horacio Umini sonrió, levantó una ceja, ladeó un poco la cabeza hacia el lado contrario. Con la mirada me estaba invitando —u obligando— a pensar si podría asegurar lo que había dicho. Me admití a mí mismo que no, no podía asegurarlo.

—Cuesta asegurarlo, ¿no? Tenemos toda nuestra ciencia, pero en el momento en que hay algo que no conocemos y ni siquiera imaginamos, podemos pasar siglos enteros hasta dar con eso.
—Tiene razón, Umini, pero admita usted también que tampoco se puede estar seguro de que sí exista.
—¡Por supuesto! Por supuesto. Diga, si quiere, que es una cuestión de fe. Como sea, las células tampoco pueden saber que ellas estén formando un ser.
—Habla todo el tiempo del saber de las células, ¿pero cómo pueden acaso saber algo, si no tienen cerebro?
—Cerebro.

Repitió esa palabra lentamente con los ojos entrecerrados y luego permaneció en silencio. Un par de veces estuvo por empezar a hablar, pero se detuvo. Parecía que estaba buscando las palabras adecuadas.

—Cerebro. Volvemos a lo mismo. ¿Existe una célula del cerebro?
—¿La neurona?
—No. Dicho de otra manera: ¿existe una célula de la visión? ¿Hay una neurona única que se encargue de ver? Ni siquiera hay un solo tipo celular que se encargue de procesar la información visual.
—Son interrelaciones.
—Eso mismo, eso mismo, son interrelaciones. Cada una de las células sabe lo que tiene que hacer cuando le llega la información: puede procesarla y puede emitir una respuesta. Son reflejos. Aplique lo mismo al cerebro, Elizalde, son reflejos, respuestas estereotipadas. Complejísimas respuestas estereotipadas con millones de variantes. Entonces el conocimiento, el saber qué hacer, la reflexión, no son más que reflejos complejísimos. ¿No?
—Podría ser...
—¡Olvídese de su orgullo! ¿Ahora lo entiende? Nuestros cerebros están programados. Las células están programadas para funcionar; el ADN es su cerebro.
—Hay una diferencia.
—¿Cuál?
—El cerebro tiene plasticidad, puede aprender cosas nuevas.
—El ADN puede mutar. Aunque sí, la analogía tiene sus fallas, le admito eso.

Me satisfizo que por primera vez Umini aceptara una propuesta mía. Sonreí. Él sonrío amablemente también y retomó su sentencia.

—No importa. En definitiva, las células son como nosotros: crecen, nacen y se reproducen; en el medio interactúan con otras como ellas y con el medio que las rodea, modificando a unas y al otro según están programadas para hacerlo. Viven. Tienen instinto de supervivencia.
—Pero no saben que forman al ser viviente...
—Pero no saben que forman al ser— Umini sonrió alegremente. ¿No se siente gigante?

Me reí a carcajadas. ¡Había caido en su juego!

jueves, 21 de mayo de 2009

¡Los descubrí!

Ya está, muchachos, pueden sacarse las caretas y volver a sus viejas vidas de actores cósmicos. Los desenmascaré. Descubrí la mentira, la escenificación, la falsa realidad de un mundo que no era. La superproducción que habían montado por fin tuvo una falla evidentísima. Pisaron la ramita, cayeron en su propia trampa, tuvieron una dosis de vuestra propia medicina. Incluso pretendieron engañarme (o engañarnos, todavía no descubro la extensión de la trama) con películas como The Truman Show, para que pensara que "es sólo una película" y "qué buen argumento" y "obvio que nadie haría eso en la vida real". ¡Pero los deschavé! La vida real en la que vi esa película no es sino otra película que no es sino la realidad, sólo que con forma de película. O con forma del argumento de una película. En realidad tengo que admitir que no vi la película porque no me la lee el DVD, pero sé de qué se trata.
Los rápidos sucesos que me llevaron a la revelación se dieron el otro día, cuando caminaba por los pasillos de la facultad. Tenía uno de esos días que se está iluminado y radiante sagacidad. Estaba llegando al final de un corredor paralelo a la calle Uriburu, justo donde dobla para convertirse en el corredor paralelo a Paraguay, y ahí, parado en el codo del pasillo y sin hacer nada, había un tipo con una bandeja tristísima que tenía una taza y algo más, que ni me fijé qué era. Cuando seguí avanzando y llegué a unos pasos de donde estaba él, empezó a caminar en dirección opuesta a la mía, como si se hubiese dado cuenta de que eso tenía que hacer. "Como un actor esperando su entrada" pensé y seguí caminando sin darle mayor importancia.
Todo el mundo tiene sus secretitos en la vida, tips que no comparte con todo el mundo para sentirse un poquito más exclusivo. Uno de los míos es no ir en horarios pico a los baños de lo que sería la Facultad de Medicina propiamente dicha, sino bajar al subsuelo donde se cursan las Carreras Conexas, que siempre hay mucha menos gente y uno casi que tiene su lugar garantizado. El problema esta vez fue que mis cálculos fallaron, y era lo que se puede llamar una "hora pico en el subsuelo", donde hay unas veinte personas en los pasillos. El baño estaba lleno y no quería hacer cola, así que seguí de largo.
Se ve que ni los productores se lo esperaban, y no se dieron cuenta del error que cometían cuando mandaron al mismo tipo de la bandeja de antes para que bajara las escaleras en el momento en que yo las volvía a subir, ¡pero con una lata de pintura y un pincel en la mano! Increíble, completamente inaudito. Se les deschavó el asunto. Estaban usando al mismo tipo de extra con distintas tareas en dos escenas seguidas. Menos evidente hubiese sido si, no sé, se les asomaba el micrófono por algún lado, o si descubría alguna cámara oculta, porque podía pensar que "estarían filmando algo", qué sé yo. Pero no, con este error de su parte los expuse completamente. ¡Ajá!
Las interrogantes que quedan, entonces, son algunas como: ¿Soy el único, o hay otra gente que no sabe que está en la misma película? ¿Cuántas de las personas que se ven en la calle son extras? Este mismo tipo, ¿es un extra en la vida de otros? O podría ser un actor principal en la vida de su familia, por ejemplo; tal vez ni sabe que lo es. ¿Dónde están las cámaras? Y che, decime, ¿cuándo sale esto al aire? ¿En qué canal? ¿Me mandás una copia? ¿Es un documental, o...? Ah, ah, lo nuevo de Tinelli. Uy. Bueno, copado, supongo. Chau, che, manteneme al tanto.

Hablando de artistas, los dejo con uno de mis nuevos señores favoritos, Clark Terry, mumbleseando en el programa Legends of Jazz.


"Mumbles"
Clark Terry (trompeta y voz)

lunes, 11 de mayo de 2009

Vergonzoso

Resulta que ayer, 10 de Mayo, se cumplió un año del primer post de este blog, y me olvidé completamente. Feliz cumpleaños atrasado, pues. He aquí algunas de las cositas que había pensado para el aniversario y que no hice ni seguramente haga:
  • Cambiar el diseño de todo el blog
  • Escribir un post buenísimo como celebración
  • Escribir un post como celebración
  • Escribir varios posts en las últimas semanas para llegar a los 100 justo en el momento del aniversario (¡faltaban sólo 18!)
  • Cuando ya quedaba poco tiempo para eso, cambiar la modalidad del blog a un semi twitter, para alcanzar los 100 posts, y después volver a ser un blog
  • Hacer un top 5 de posts selectos
  • Seleccionar un grupito de los mejores resultados de búsqueda de gente que llegó al blog
Dicho eso, y como me siento culpable de haberme olvidado, simplemente voy a dejarlo pasar un poquito. Pero si quieren, les convido un video de Elis Regina y Tom Jobim en todo el esplendor de los '70:


Águas de Março
Tom Jobim (el nene) - Elis Regina (la nena)

¡Salú!

sábado, 2 de mayo de 2009

El legado

Pese a aquel detalle, Soloza era un tipo de lo más común, tenía profesión de oficinista y los altibajos de su vida se podían confundir con los de casi todo el mundo. Alguna mujer en algún momento usó la palabra 'mediocre' para distanciarse de su lado, pero aún así no había demasiado que criticarle; era uno más, y punto. Su característica distintiva escapaba a lo que cualquier ser jamás hubiese podido observar: durante toda su vida, Soloza fue el primero para ciertas cuestiones. Y no es que fuese el primero para cosas que se pudieran premeditar o practicar, como tener las calificaciones más altas en el colegio, o como ser el primero en aplaudir en conciertos y obras de teatro —que para eso estaba Rodríguez Gil, insoportablemente competitivo en todo tipo de banalidades*. No, nada de eso.
El asunto era que, por alguna gracia que escapa a todo razonamiento posible, la primera gota de cada lluvia** le caía —siempre y cuando estuviera al descubierto— a él, a Soloza; también, entre varias otras cosas, la primera hoja desprendida en el Otoño le caía, si no encima, por lo menos en un radio de un metro por donde estuviese caminando en ese momento. Aún cuando él jamás supo de su situación, tenía cierto regocijo infantil en anunciar que se venía el agua (sic) o que había llegado el Otoño, o que había vuelto la temporada de mosquitos. Seguramente de haberlo sabido, su vida no habría cambiado en lo más mínimo. Después de todo, ningún beneficio aparente hubiese podido sacar de su cualidad.
Lo cierto es que aquella gota que le cayó aquel día, a sus setenta y cuatro años, sobre el dorso de la mano, lo deprimió: de alguna forma había adivinado que esa sería la última lluvia que vería en su vida. A fin de cuentas, la gota que le mojó la mano no había sido la primera en caer ese día. El legado ya había transmitido a una nueva persona.

*Se cuenta que Rodríguez Gil una vez llegó a empujar a alguien con tal de ser el primero en tocar las escaleras del andén al salir del tren.
**Quien se quiera aferrar de un argumentum ornithologicum, podrá decir que la existencia de una primera gota, y no de simplemente una gota entre tantas otras de una misma lluvia, es prueba irrefutable de la existencia de Dios. Como simple narrador, me mantengo imparcial en esa decisión.

miércoles, 15 de abril de 2009

Creatividad científica

El budo de los genes
En el antiguo Japón feudal, los samurai, guerreros finamente entrenados en el arte de la espada, tenían una regla más o menos implícita que era la de "un corte, una muerte", lo cual significaba que en un combate, la ejecución de un solo corte con la espada debería ser capaz de acabar con la vida del adversario. El tiempo pasó, las guerras civiles terminaron, y en otras partes del mundo la ciencia se desprendió de la filosofía, un monje cultivó algunas florcitas, un par de jóvenes demostraron la estructura de unas moleculitas, y así la historia.
No sé si a propósito o no, hoy los genetistas tienen una regla según la cual agrupan a un conjunto de enfermedades más o menos bien determinadas. Se refieren a ellas cuando hablan de afecciones de "un gen, una enfermedad", refiriéndose a las enfermedades que indudablemente se van a expresar si el individuo tiene el gen aberrante.

¡Salud!
Hace un par de días, en la revista NewScientist salió publicado un artículo sobre los estornudos causados por el sol, un mal espantoso que afecta a una parte más o menos discreta de la población, vuestro servidor incluido. Entre otras cosas, el artículo dice que los científicos que investigaron este asunto notaron que era un problema hereditario que se transmitía en forma autosómica dominante, queriendo decir que la transmisión no está influida por el sexo de la persona (autosomía), y que si te tocó ese gen en la repartición, entonces tenés esa característica (dominancia). En realidad, lo que más me llamó la atención del artículo es que parece que los científicos, en un ataque de originalidad con pocos precedentes, aprovecharon para ponerle un nombre nuevo al problema: "ACHOO"; siglas para el inglés autosomal-dominant compelling helio-ophtalmic outburst, traducible en algo así como "estallido helio-oftálmico debido a autosomía dominante" (helios es el griego para "sol", y opthalmos es el griego para "ojo"). Una genialidad.

martes, 14 de abril de 2009

¡Vamos! A lamer a la gente, a ver si están enfermos

-Aunque es quizás un poco desconocido, ya que el uso diario y la extraordinaria frecuencia de una de las dos quieren que así sea, existen dos tipos de diabetes: la diabetes insípida y la diabetes mellitus. Esta última es a la que todos nos referimos cuando no aclaramos a qué nos referimos, porque la primera es bastante menos frecuente. Las dos se caracterizan por una eliminación excesiva de líquido por la orina (etimológicamente, diabetes se puede traducir como algo parecido a "pasaje a través de", pudiéndose decir que el agua atraviesa el cuerpo), pero sus causas son francamente distintas. Por decirlo simple, en la diabetes insípida hay una desregulación hormonal que hace que se pierda el control de la reabsorción de agua en el riñón, mientras que en la diabetes mellitus, al haber un exceso de glucosa (azúcar) en sangre por las deficiencias de insulina, llega un punto en que el riñón no logra impedir su pasaje a la orina*. La gran cantidad de glucosa en la orina provoca entonces un gran pasaje de agua por un fenómeno de ósmosis. Por lo tanto, en una forma hay pasaje anormal de azúcar a la orina, y en la otra no.
Por supuesto que los antiguos clínicos, pobres encargados de nombrar enfermedades, no tenían idea de los mecanismos que subyacían a una y a otra, así que simplemente se limitaron a describir lo que veían: "diabetes", porque el paciente orinaba en exceso; si la orina tenía gusto dulce (mellitus) o no, sería, valga la redundancia, "mellitus" o "insípida", respectivamente. ¡Ah! Gloriosos antiguos. Todo sea por amor a la Medicina.

-Ahora sí, completamente desconocida es la forma de diagnóstico de otra enfermedad, la fibrosis quística. Anecdóticamente, la fibrosis quística es la enfermedad genética letal más frecuente entre personas blancas, con una frecuencia de alrededor de 1 por cada 3.000 nacidos vivos. Entre muchas otros problemas digestivos y de otros tipos, siempre por la falla del mismo gen, hay un incremento marcadísimo de electrolitos (sodio, etc.) en el sudor, por lo que el diagnóstico se empieza a construir a partir de que las madres se quejan de que su hijo "tiene gusto salado".***

*en condiciones normales, en la orina no puede haber glucosa, proteínas ni microorganismos. Sépanlo y sean la delicia de sus congéneres en tertulias y asaltos.
**todo sea por amor a la Medicina
***muero de ganas de terminar diciendo "¡Mirá vos!", pero creo que es una trademark o, por lo menos, es un poquito plagio.

domingo, 12 de abril de 2009

El Exilio

Solamente ahora que nuestro grupo ha recorrido tantos planetas, podemos afirmar que el nuestro —cuyo nombre ya no importa bajo ningún concepto— era, de alguna manera, especial. Era, porque, al menos nosotros, no pensamos en volver. La razón puntual y subyacente a su particularidad nunca la supimos o, mejor dicho, era aceptada como una verdad inherente a nuestras vidas y no tenía objeto su cuestionamiento. No era una cuestión geológica, biológica, matemática, ni nada del estilo, y está bien establecido ahora que, en esos aspectos, entre otros, todos los planetas presentan las mismas cualidades.
La diferencia estaba en que, para nosotros, la Estadística era una ciencia exacta e incuestionable y sus números siempre pertenecían al grupo de los naturales. Para todo había un patrón, generalmente más simple que complicado, y todos los sucesos respondían inequívocamente a ese patrón. Las primeras confirmaciones de tales eventos se remontaban a los orígenes mismos de nuestra especie y, por supuesto, eran de carácter regional. Se podía saber, por ejemplo, que en determinada región, 1 de cada 6 nacidos debía ser un varón, de tal manera que era sabido —y, repito, indiscutible— que a las cinco niñas neonatas, el próximo en nacer sería un niño. En ese mismo pueblo podía estar perfectamente establecido que el 67% de los habitantes se encontraban por debajo de los 30 años, y ese porcentaje se mantenía constante e invariable en periodos de tiempo tanto pequeños como grandes, lo cual significaba que, al momento exacto de una persona cumplir los 31 años, otro niño debía estar naciendo (pues, evidentemente, una persona que estuviera en los treinta y uno no podría volver a los treinta para mantener el balance). De esa manera, se mantenían las cifras.
Con el pasar del tiempo y el avance de las civilizaciones, se fueron recopilando más y más datos, y la interconexión entre ellos se notó complejísima, aun cuando la estadística propia de cada uno seguía siendo, dentro de todo simple. Los organismos de Recopilación de Datos y Estadística ocupaban un lugar central en la población, y los había tanto municipales, como provinciales, nacionales y, con el tiempo, mundiales, y todos ellos deberían estar conectados estrechamente entre sí, a fines de poder trabajar con datos precisos y en tiempo real (las actualizaciones se hacían en fracciones de segundo). Los números de todos los sistemas estadísticos eran de acceso público y sin restricciones.
Como es de imaginar, los datos no necesariamente se correspondían: en una ciudad, uno de cada siete hombres podía tener pelo rubio, pero probablemente a nivel nacional y mundial las cifras serían distintas, aun siendo invariables en sí mismas. Tal organización nos permitió un espectacular avance tecnológico, pues todo podía ser determinado fácilmente y no había prácticamente nada librado al azar (si lo había, era por ignorancia y no por realidad). Nuestros sistemas de salud eran excelentes a su manera. Estaba perfectamente establecido por ejemplo que, a nivel mundial, la incidencia de fibrosis quística era de uno cada cuatro mil quinientos setenta y seis nacidos vivos, por lo que, cuando las cifras mundiales alcanzaban los cuatro mil quinientos setenta y cinco a partir del último enfermo, se sabía que el próximo sería uno más, y se podía prestar el tratamiento adecuado y a tiempo. De la misma manera, la vida y la muerte estaban dominadas por la estadística, y si había un niño por nacer, otra persona estaba por morir, y podía perfectamente determinarse de qué manera y a qué edad.
Las aproximaciones y probabilidades eran fuertemente criticadas como estúpidas y completamente inútiles. No había probabilidades de lluvia o no al día siguiente: llovería o no, y eso se podía determinar con los cálculos necesarios. No había alrededor de 3 millones de personas con cáncer en el mundo, eran tres millones ciento tres mil cuatroscientos dos, y un error en su exactitud podía tener serias consecuencias. Aún así, en la vida cotidiana cuando uno no tenía los suficientes datos o necesidad de exactitud, podían usarse estos términos.
También debe remarcarse que a niveles submundiales, la estadística podía fluctuar, manteniéndose constante a nivel mundial. Antes de la creación de la Organización Mundial de Estadística (OME), no se entendía de qué manera era posible la variabilidad; sí se entendió, no obstante, cuando se demostró que las cifras mundiales eran total y absolutamente invariables, aunque ello dependiera de una complejidad enorme que las mantenía constantes.
Aun con todo, las consecuencias de la industrialización fueron las mismas que en todos los mundos. El desarrollo de grandes ciudades trajo aparejada sectorización social, un aumento de la criminalidad y la prostitución, etcétera. Era bien sabido que cada ocho segundos moría de hambre un niño en el país del que veníamos, y que por cada minuto y treinta y seis segundos era asesinada una persona, de las cuales una de cada tres era varón, mientras que uno de cada seis asesinos era aparentemente inofensivo. (Concomitantemente, tenía que haber algunas regiones en el mundo en que las cifras bajaran para mantener el equilibrio inherente). Finalmente, los niveles de paranoia se hicieron insoportables: la gente sabía que por cada segundo, dos mil ochenta y seis personas morían en el mundo, y sabían que los mayores números se distribuían en las grandes ciudades. También sabían que por cada minuto treinta y seis uno podía morir víctima de un asesinato (pero cada menos, por algún otro motivo), y que, en ese sentido, cada nueve minutos y treinta y seis segundos el asesino sería insospechado.
Eventualmente la ansiedad se volvió insoportable. Sabíamos que había altas probabilidades (porque eso eran, después de todo; los ciudadanos normales no entendíamos la totalidad de la compleja red estadística) de morir todo el tiempo y de cualquier forma. De hecho, sabíamos que, en algún lugar de los organismos de estadística, se podía saber a ciencia cierta cuándo y cómo moriría cada uno de nosotros —de nuevo, sólo se podía deducir por la interrelación de miles de factores y esa tarea era propia de eruditos. Así es que, cuando la tecnología nos lo permitió, y una vez que comprobamos que había otros mundos en que la Estadística no estaba tan desarrollada, muchos decidimos exiliarnos a otros planetas para tener el beneficio de la incertidumbre a un nivel que sus habitantes difícilmente entenderían. Así era y será, invariablemente, nuestro planeta.

jueves, 26 de marzo de 2009

Cronología de una conspiración

Finalmente llegó el momento en que debo blanquear algunos hechos réprobos de mi pasado a fin de defenderme de la cortina de humo que se cierne sobre mí, y que pronto servirá para ocultar el trágico desenlace que tendrá esta misteriosa cadena de sucesos. Aun si no, al menos estoy afirmándoles abiertamente a mis atacantes que estoy al tanto de la trama que están elucubrando.
Creo que todo empezó (tal vez fue antes y todavía no me di cuenta) cuando hace exactamente un año, luego de meditar severamente el asunto y en medio de mil y un conflictos morales, entré a trabajar en el Gobierno de la Ciudad, que estaba —y al momento de escribir el presente, todavía está— bajo la administración de Mauricio Macri. Algunos de mis compañeros y mis superiores eran partidarios suyos, pero también éramos varios los que estábamos en las cuadrillas opositoras y que, simplemente, aprovechábamos una oportunidad. El trabajo era simple: teníamos que ir a las distintas reparticiones del GCBA relevando datos del personal que serían consignados por ellos mismos y por nadie más. "Censo Integral del personal del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires - 2008" nombraron al proyecto. Prueba suficiente de mi participación en tal es la foto que salió publicada en la versión digital del diario Clarín por aquellas fechas, en la cual figuro (en una asombrosa actitud laboriosa, debo decir) y a la que, por razones de privacidad y seguridad personal, no pienso remitir a los lectores.
Aquellos que hayan leido el blog en las últimas semanas quizás ya se hayan dado cuenta que aquel trabajo que realicé en el Instituto Pasteur no era sino parte del censo y que, por lo demás —esto se los digo de yapa—, era el primero que hacíamos. Sobre el trabajo mismo no hay mucho que decir (en realidad hay bastante, pero no viene al caso); los meses se transcurrieron con relativa calma, pasando de repartición en repartición. Sí viene al caso decir que para ser remunerados por nuestras labores, tuvimos todos que hacernos monotributistas y darnos de alta en el pago de Ingresos Brutos. Al finalizar nuestro contrato, tuvimos —era sumamente aconsejable hacerlo— que darnos de baja de los dos sistemas tributarios. Yo, completamente confundido, finalmente lo hice. O creí haberlo hecho.
Ahora yo sé que al menos uno de los crueles verdugos del Gobierno (el que se encarga de perseguir a aquellos que alguna vez formaron parte de sus filas) lee este blog. (Hola, ¿cómo estás? Sí, sí, ya sé que no fue nada personal; es tu laburo). No fue sino solamente dos días después de haber publicado "Círculo de divergencias", que me llegó por correo (el correo real, que es más serio que el virtual) una Cédula de Intimación por Evasión. Los pormenores de la carta me los reservo, pero en la misma me acusan muy humildemente de no haber estado cumpliendo con mis deberes ciudadanos de pagamiento de Ingresos Brutos y que, de no revertir la situación en el plazo de dos semanas, procederían "de conformidad con la normativa vigente" [sic]. Cerraban, finalmente, con un amenazador "Queda Ud. notificado". La carta, por cierto, no facilitaba ningún e-mail, teléfono o dirección para que uno (o sea, yo) consultara cuánto debía o preguntara por qué, por qué le hacían esto a uno (o sea, yo).
A la sorpresa siguió la negación, pensando que era una mala broma de alguien; tal vez algún fanático medio chapita, qué sé yo. Después de decidir que era en serio, y que la carta me proclamaba oficialmente como "un señor adulto, que hasta tiene problemas de impuestos" me aboqué a juntar pruebas de mi inocencia y me dejé descansar sobre la gloria de que, en el peor de los casos, no debía más que $30 (treinta pesos).
Una semana pasó y, entre feriados y deberes estudiantiles medicinales, dejé decantar el asunto. Con una mente más clara y habiendo recordado que soy un cero a la izquierda para estos asuntos, ayer volví a investigar la cuestión y me di cuenta de que tal vez hace medio año no di realmente de baja lo de Ingresos Brutos, sino otra cosa. No sé qué. Tras una dudosa contrastación de mis teorías, determiné finalmente que no entendía nada, y que ya no estaba tan seguro de mi inocencia. Resolví actuar.

Como me sonaba que podía llegar a ser parte de la solución, hoy decidí llevarme a mí y a mis documentos hasta la AFIP, que, total, me queda a seis cuadras. No fue sino hasta que había caminado tres, que finalmente me golpeó con toda la dureza de la cruel realidad: era todo una conspiración contra mí, y que involucraba a las más altas esferas del poder. Trato de no ser megalómano, pero los hechos hablan por sí mismos; después de todo, a tres cuadras de mi casa casi me atropella el mismísimo Mauricio Macri, que estaba manejando un taxi, pero se había afeitado el bigote. Yo creo, por sus maniobras arriesgadas, que estaba manejando su taxi (tal vez sea un hobby suyo, no sé) y justo justo me vio y quiso aprovechar la ocasión, y en una maniobra peligrosísima hizo un giro sobre la calle que yo estaba empezando a cruzar. La maniobra no le alcanzó, porque estábamos en puntas contrarias, y si hacía un movimiento más amplio para pisarme, los transeuntes se iban a poner curiosos y quizás lo podrían desenmascarar. Entonces bajó un poquito la velocidad y, de lejos, levantando levemente la mano, me pidió perdón (y me advirtió implicitamente con el mismo gesto: "vos esperá; la próxima no fallo") y yo le devolví el gesto, como diciéndole "todo bien" ("dale, te espero, flaco" quise insinuarle, pero no sé si me llegó a ver).
Diez minutos después llegué a la AFIP, porque resulta que no estaba a seis cuadras, sino un poquito más. Ahí, el que trabaja en la mesita de Orientación (que ya le tengo completamente junada la cara de tantas veces que lo molesté el año pasado) me dijo, viendo durante sólo una milésima de segundo la carta que yo tenía en la mano, que ellos no me la habían mandado y que tenía que ir a un CGP. Yo creo que tiene una sinapsis eléctrica que va directamente desde el ojo hasta los músculos de la vocalización, especialmente preparada para casos así —pero eso lo dejo para otro post—; así como entré, en cinco segundos estaba afuera de nuevo.
Como el CGP estaba, ahora sí, a unas treinta cuadras, decidí no ir hoy. Mientras me iba, fabriqué la idea de un edificación flotante (pero construida con materiales y asistida por empleados translúcidos, para que no tapen el sol) en la que todas las reparticiones del Gobierno se aunan en una sola ventanilla y un solo empleado —uno por cada habitante, digo— al que uno pueda hacerle todas las preguntas y con el cual uno pueda gestionar todos los trámites posibles. Se llegaría desde un teletransportador puesto en cada domicilio particular (en un primer momento, mientras se prueba la idea y se aprueban los presupuestos*, puede ser un mini cohete que salga desde cada esquina de la ciudad). Lástima que no estudio Arquitectura. Pero espero que el Cruel Verdugo del Gobierno que lee este blog por lo menos tenga la caridad de acercarle mi proyecto a quien corresponda.

Mientras tanto, yo quedo en vela del terrible desenlace de estos macabros sucesos. Y de la aprobación del edificio flotante.

Tomen, uno de Clapton playin' da blues:


Eric Clapton - Driftin' Blues

*para mayor comodidad, eso mismo se gestionaría en la edificación flotante; lo pensé todo.

ACTUALIZACIÓN OCHO HORAS DESPUÉS: estaba releyendo el post para ver si había alguna falla evidentísima por algún lado, y justo, justo cuando terminé, me llega un mensaje de texto anónimo diciendo, simplemente, "Hola.".
—"Quién sos?"— contesté.
—"N te acordas de mi?"— inquirió mi anónimo molestador
—"No tengo agendado el número!"
—"Y?"— Tengo que admitir que ya no supe responder. Me asusté cuando me llegó un segundo mensaje: "T acordas d mi cm era tu nombre?".
No volví a responder. Vienen tras de mí.

ACTUALIZACIÓN CINCO MINUTOS DESPUÉS: me di cuenta de algo: quizás los del mensajito no eran los del Gobierno; después de todo, ellos tienen mis datos. ¡Son los vendedores de Hecho en Bs. Aires, que ahora recurren a nuevas tecnologías y finalmente me están acortando la ventaja!

martes, 17 de marzo de 2009

Círculo de divergencias

No voy a decir que los sucesos de hoy fueron macabros ni que lo que se cierne sobre aquel parque es espantoso en modo alguno. En todo caso, creo que resulta de lo más curioso, y me atrevería a decir que hasta entretenido. Lo concreto es que hace exactamente un año, por una asignación de algunos pocos días, estuve trabajando en el Instituto de Zoonosis Luis Pasteur, ubicado en la periferia del Parque Centenario. Hoy, por razones completamente distintas, volví a ir; simplemente tenía que entregar una muestra de suero de uno de mis gatos para hacerle unos análisis. Una casualidad (muy poco rara, considerando que los horarios se superponían con poco margen) hizo que yo estuviera saliendo del edificio más o menos a la misma hora que otrora entraba a trabajar.
Sin intención de sorprender a nadie, ya todos deben intuir hacia dónde apunta el relato: al salir, allí estaban —que eran tan itinerantes como yo— mi antiguo jefe y algunos de mis antiguos compañeros. Y también estaba yo. Fue tan evidente para mí que era yo como lo es cuando uno se mira en una filmación, aun no sabiendo que en ese momento lo estaban filmando. Justo es decir que no sé muy bien qué sentí al vernos ahí parados, charlando y esperando a los compañeros que siempre llegaban tarde. Lejos de un desmayo, una baja de presión u otra cosa igualmente dramática, mi sensación y reacción bastaron de naturalidad. Claro que hubo un cierto sobresalto y un pequeño revoloteo en el estómago, pero no diferentes tampoco a lo que pasa le pasa a uno cuando se encuentra por la calle con alguna antigua amistad en la que hacía rato que siquiera pensaba.
Inmediatamente después vinieron la urgencia por el escondite y el disimulo, seguida por la intriga y luego las ansias de una entrevista con mi —nunca más literalmente— alter ego. No sé ya tampoco, por esas intemporalidades e insecuencias que a veces tiene la memoria, si la Invención de Morel o aquel cuento de Cortázar en el que afirma la inmortalidad por negación de la suya propia, como posibles explicaciones de lo que ahora estaba contemplando, vinieron a mí en aquel momento o en algún otro más tarde. Sí algunas cuantas películas y novelas me gritaban que era una pésima idea acercarme a mí mismo, que podía alterar el curso de la historia, y quién sabe cuántas cosas más. Pero, ¿qué sabían aquellos escritores y guionistas? Siempre habían sido puras conjeturas llenas de clichés. ¿Cuántos de ellos habían estado en mi lugar, enfrentándose con su propio yo? Seguramente ninguno. Además, no era yo el intruso; era él. Yo sabía perfectamente cómo habían acontecido todos los días desde aquéllos en que trabajé ahí y cómo había llegado ahora al Parque Centenario, ¿pero qué tenía él que decir a su favor? Es una intriga con la que nadie gustaría quedarse o, al menos, él sabría entender que yo no podría hacerlo.
Elaboré un plan sencillo que no contemplaba demasiadas variaciones posibles: recordé que muchas veces nos daban el horario del almuerzo por separado para dejar a alguien trabajando siempre, y pensé que entonces sería el mejor momento para acercármeme. (Era molesta la espera, pero tenía apuntes de la facultad que me subsanaban la pérdida de tiempo). Si salía con otros compañeros, supuse que improvisaría; quizás probaría llamarme al celular o algo así. No sé cómo hubiese resultado eso. El caso es que la suerte quiso que saliera yo solo en determinado momento del mediodía, y en ese momento junté algo de valor y me intercepté al bajar la pequeña escalinata.
Su reacción no fue, para mi sorpresa, de sorpresa. De hecho, fue bastante natural, y podría decirse que mucho más natural que la mía inicial; la suya fue, más bien, como encontrarse con algún conocido que sabía que podía encontrarse eventualmente por ahí dando vueltas. Cuando empezamos a hablar me desconcertó que su voz no fuese la mía, aunque en seguida me acomodó pensar que, por supuesto, la voz propia no es como uno la escucha al hablar y que, seguramente, personas ajenas a nosotros dos podría notar la importante consonancia de timbre. Para evitar tener que hacer el esfuerzo de recordar el diálogo específico y para también salvar al lector de algunas partes insulsas, opto por una exposición más prosaica del intercambio. Para evitar, también, metafisicismos estúpidos con pronombres confusos que compliquen el asunto, él va a ser él y yo voy a ser yo, invariantemente que, de alguna forma, seamos la misma persona. Eso se explica teniendo en cuenta que nuestra identidad es la misma, desde el nombre o el DNI hasta el pasado común o el aspecto físico; no se explica si pensamos que los cuerpos son diferentes y que en algún punto de la historia hubo, efectivamente, una divergencia. En calidad de esto último, opto por tratarnos como individuos diferentes.
Él, sin mucho preámbulo me preguntó si era la primera vez que me veía a mí mismo, y al responderle un poco extrañado que sí, me dijo que para él no era la primera, lo cual le había permitido darse una idea más o menos clara de qué pasaba. Me explicó que él y los demás, todos los días y desde hacía ya unos trescientos setenta, asistían al Instituto para seguir cumpliendo con el trabajo. Le contesté que no tenía sentido, que el trabajo lo habíamos terminado en unos pocos días, y que realmente ya no quedaba más por hacer; mucho menos, durante todo un año. No le entendí del todo la respuesta. A veces daba muchas vueltas antes de contestar y hablaba finalmente con cierta impresición. Me pareció, sin embargo, que dijo que seguían haciendo el mismo trabajo una y otra vez (quizás él mismo no entendía muy bien qué hacían). Me dijo también, contestando a una pregunta que nunca llegué a —pero que pensaba— hacer, que sus vidas habían transcurrido con completa normalidad, como si no fuesen duplicados (ellos creían no serlo). Intercambiamos historias y, con algunas diferencias, eran similares: aunque con dificultades horarias, él había seguido avanzando en la facultad, este blog también lo había creado (aunque le hablé de algunos posts en particular y creo que asintió por no llevarme la contra y decir que no sabía de qué hablaba), y las condiciones de, por ejemplo, el viaje en las vacaciones había sido bastante distintas. Yo le comenté qué otros trabajos nos habían asignado después del Pasteur y creo que sintió un poco de envidia acompañada de ganas de un cambio.
Finalmente llegamos al asunto de cómo era que ya se había cruzado con otras divergencias (él las llamaba así) antes que yo. Prácticamente todos los días, y nunca fuera del ámbito del Parque, se cruzaba con uno o más de nosotros. Me describió a cada uno con actitudes precisas y distintas: uno intentaba regatear la venta de un libro de Anatomía (siempre lo lograba, pero siempre volvía al día siguiente con una copia nueva, idéntica a la vendida antes), otro entraba al Museo de Ciencias Naturales, otro simplemente pasaba dando vueltas varias veces, como perdido, con la bicicleta, etcétera (no es que no me acuerde más, es que él dijo "etcétera" en ese momento). Yo recordé haber hecho todo eso en algún momento pero, por supuesto, nunca más de una vez cada acción. Dijo también, como yo mismo puedo corroborar, que la superposición nunca se da, por ejemplo, en la facultad, aun cuando nuestros horarios sean o hayan sido los mismos. Por otro lado, al parecer, y salvo hoy, sus encuentros cara a cara con las divergencias (me ofendió que me llamara a mí así, él, que tan claramente era una y no yo) nunca habían sido en la primera vez que había realizado la acción, puesto que sino yo tendría memoria de ello.
Ya que uno de ellos, el del libro de Anatomía, llevaba apareciendo por ahí más o menos su mismo tiempo (lo vendí mientras trabajaba en el lugar), él ya había podido figurarse una suerte de concepto de qué pasaba. Admitió la idea de que existían infinitas líneas temporales que divergen continuamente de la acción real (que él trató con cierto aire utópico, pero yo creo que ese soy yo), pero no supo explicar por qué no estaba plagado de nosotros por todo el Parque. Supuso que las divergencias generalmente eran tan insignificantes que la mayoría se superponían, dando la ilusión de uno solo, o que bien, por alguna razón, solamente unas pocas llegaban a nuestra realidad, y que en otra realidad existirían otras copias en acciones completamente inimaginables, como podría ser un asesinato. Tampoco supo explicar por qué no había copias de otros; lejos de querer caer en el egocentrismo de pensar que éramos los únicos, pensó que tal vez cada persona era capaz de ver sus propias divergencias y las de nadie más (lo cual era bastante raro) o que, simplemente, él nunca había visto a dos juntos y al ver a la misma dos veces seguidas pensaba, justamente, que era la misma copia. Nunca lo había conversado con otra gente, más allá de nosotros mismos. Dijo, creo que queriendo hacerse el gracioso, que el Parque Centenario encerraba algo raro y que era intrigante cómo en su periferia había tanto un observatorio astronómico, como un museo de ciencias naturales, un hospital de zoonosis y otro de oncología, sin mencionar su infinita circularidad con calles tangenciales y transversas que aparecían y desaparecían a cada vuelta. Dijo también que esto ya lo había documentado mucho más detalladamente en su blog y me pasó la dirección (no le quise decir que teníamos la misma y que nunca iba a poder ver lo que había escrito; qué sé yo por qué, creo que para no complicar el asunto). Después nos despedimos porque él volvía a trabajar y yo tenía que ir a la facultad.
Camino a casa estuve pensando en lo increible del asunto. Me dejó con la fea sensación de que seguramente ese mismo encuentro (y todo lo precedente) se iba a estar repitiendo durante el resto de los días y que, podía ser, alguna vez mi propia conciencia fuese la que hubiera de quedar atrapada en el estancado loop del Parque. Pero también pensé que quizás todo esto fue la materialización de otro yo que, al ir también al lugar, pensó que sería divertido escribir sobre una historia así. Tal vez ese otro yo soy yo y esa historia real que inventé no existió acá sino en otro tiempo, y yo simplemente la escribí. O quizás simplemente la inventé y la escribí. A fin de cuentas, ¿cómo saberlo ya?

viernes, 13 de marzo de 2009

Capítulo dos: Sentidos

Es mi intención la de completar, o al menos intentar hacerlo de alguna manera, lo que empecé en el anteúltimo post, que quedó, algo así como sin querer queriendo, mucho más escueto de lo que pretendía en el momento. Con el paso de los días me di cuenta que realmente no tenía sentido pretender hacer algo más extenso porque el tema es simplemente inabarcable, por lo que pretendo abarcarlo lo más que pueda a lo largo de distintos posts, sirviéndome aquel como puntapié inicial. De paso, advierto desde ahora, así quedo al resguardo de vuestros abogados, que esto se convirtió más en un ejercicio mental que en una exposición cabal sobre el tema, y que no deberían creerme en casi nada de lo que digo. Bien, pues.
Más allá de nosotros hay un Universo. Más que referirme a nosotros como un conjunto, estoy apelando a la individualidad de cada uno. Va de nuevo: más allá de cada uno de nosotros hay un Universo del que, sin duda, formamos parte. Esto lo podemos afirmar sin ningún tipo de miedo porque bien sabemos que estamos constantemente intercambiando —y perdón por ponerme termodinámico— materia y energía. Una manera de verlo es diciendo que somos parte del Universo porque esa materia y esa energía que intercambiamos es más suya que nuestra, que todo lo que nos constituye ahora, alguna vez fue, y dentro de muy poco va a volver a ser, suyo; por eso podemos simplificar diciendo que no somos más que un producto del Universo y, como tal, somos parte de él. Algunos incluso podrán argüir que no existe una división real entre las distintas partes del Universo y nosotros apelando, por ejemplo, al vacío que existe en la materia: desde un punto de vista subatómico las distintas partículas (neutrones, protones, eletrones, lo que quieran) que constituyen los distintos átomos que nos integran a nosotros y a nuestro entorno, no son más que eso, partículas en medio del vacío, sin delimitación clara entre un átomo y otro. Pero de hecho, nosotros sí podemos ver las cosas desde un punto de vista símil al subatómico; nuestro sistema solar está constituido de la misma manera: con un núcleo central (Sol) y muchas partículas (planetas) orbitando alrededor, lo mismo que el núcleo atómico con sus electrones. Quién les dice, quizás (seguramente) no cumplamos mayor función que la de partículas subcuánticas, en cuanto que nuestro planeta podría ser un electrón más en un átomo que podría ser el sistema solar, que podría no ser más que una partecita de la molécula que quizás sea la galaxia, en la pequeñísima célula que podría ser lo que llamamos Universo, constituyente de uno solo de millones de organismos inimaginables. Y así in eternum. De tal manera, sabiendo que los átomos tienen órbitas que en algún punto dejan de ejercer su fuerza, podemos delimitarles un límite un tanto difuso pero sin duda existente. Sabiendo que la interacción gravitacional de los distintos átomos forma moléculas, que ellas forman células, éstas tejidos, éstos órganos y éstos nos forman a nosotros, yo digo que nos podemos constituir como individuos "independientes" que, aún así, son parte constituyente del Universo.
Pero, ¡ay!, me fui salvajemente de tema. Hay un Universo alrededor nuestro y del cual formamos parte y con el que tenemos que interaccionar para sobrevivir, porque formamos agrupaciones de células, algunas de las cuales quedaron muy profundas (lejos del entorno) y necesitan estrategias para conseguir su alimento, además de que existen otras agrupaciones de células que seguramente nos quieran de alimento a nosotros. En una interacción hay siempre una ida y una vuelta de la información. La vuelta queda para otro día; la ida, es decir, la captación de la información del Universo (o llamémosle entorno, que es un poquito menos ostentoso), viene dada en un primer momento por nuestros sentidos. Eso es posible por la dinámica misma del Universo: la materia y la energía está en constante movimiento y nosotros podemos aprovecharnos de eso para informarnos de la situación general de nuestro entorno y, en base a eso, crear estrategias de supervivencia. He aquí una breve (y quizás innecesaria, pero no me importa, yo la hago igual) descripción de los cinco sentidos básicos:

-Visión:
la luz, resumiendo de una forma que desagradaría a cualquier físico, es una forma de energía electromagnética que tiene la capacidad de propagarse por el espacio en forma lineal sin necesitar materia y que comprende la superposición de energía con muchas longitudes de onda distintas. Hay una muy pequeña parte de ese espectro de luz que el ojo puede aprovechar para hacerse una imagen del entorno y es lo que se llama "luz visible", y comprende toda la gama de colores que van del rojo al violeta, cada uno de los cuales tiene una longitud de onda característica. Los pigmentos son sustancias capaces de absorber la luz y devolver energía de determinada longitud de onda al medio; así, por ejemplo, un pigmento verde puede absorber toda la luz menos la longitud de onda correspondiente al color verde, la cual "rebota". Por otro lado, los cuerpos opacos tienen la capacidad de frenar el paso de luz al ser iluminados, quedando con zonas más expuestas e iluminadas y otras menos expuestas y en penumbras. El ojo es un órgano de lo más complejo que permite el pasaje de la luz a través de una obturación, la pupila (cuyo grado de apertura lo regula un diafragma muscular, el iris), hasta que finalmente contacta con una estructura de muchas capas de células distintas, la retina. Entre esas células, hay algunas, los famosísimos conos y bastones, que contienen pigmentos. Así, los conos, especializados en la visión diurna, tienen tres subtipos: los que tienen pigmentos rojo, los que tienen pigmentos verdes y los que los tienen azules (RGB). Cada célula capta un haz específico de la luz que le llega y no la totalidad de la imagen. De esa manera, la información muy puntual de cada región del espacio viaja, con un par de paradas previas, por el nervio óptico y llega en última instancia a la corteza visual, donde toda la información se integra, pudiendo distinguir zonas con distintos colores y diferentes contrastes de luz y sombra, además del movimiento de los objetos en el espacio.

-Audición:
al moverse los distintos cuerpos en el espacio que los rodea, empujan a la capa de aire más cercana, la que a su vez empuja a la siguiente, y así sucesivamente, produciéndose la propagación aérea del movimiento inicial. Esto, dependiendo de distintos factores como la composición del cuerpo o cuerpos que originaron el movimiento, la velocidad con que se propagó el aire o la intensidad con que lo hizo, le dan distintas propiedades que nosotros podemos distinguir para formar una idea dinámica de nuestro entorno, de la misma manera que los ojos distinguen matices de colores, de luz y de sombra (y también de movimiento). El mecanismo también es complicado, pero es más bien un hecho físico: el objeto sonoro empuja el aire, el aire empuja más aire que llega a nuestros oidos externos, empujando la membrana timpánica, que empuja una serie de tres huesecillos dentro del oido medio, que provocan el movimiento de un líquido en el oido interno. Este último tiene la forma de un caracol excavado adentro del hueso del cráneo. Por supuesto, las distintas propiedades del sonido (intensidad, velocidad, etc.) se traducen en el movimiento final de este líquido. El caracol está tapizado con células capaces de sensar el movimiento, cada una de las cuales tiene una cualidad asignada en el sistema nervioso central. (por ejemplo, una va a sensar un do y otra, en otra parte, va a sensar un mi bemol en la octava siguiente). Dependiendo hasta dónde llegue la propagación del sonido en el líquido, con cuánta fuerza y a qué velocidad lo haga, se activarán las distintas células de distintas maneras, enviarán el mensaje a las cortezas auditivas y el cerebro podrá hacerse una idea de lo que sucede en el entorno, pero ahora hablando de movimientos que el ojo no puede percibir, sea porque está por fuera de su campo visual, o porque simplemente no puede ver el estado del aire.

-Olfato: la idea del olfato también es percibir información que viaja por el aire, pero no ya física sino química. Los distintos cuerpos suelen perder constantemente un pequeño número de moléculas que un grupo de células especializadas que cubren, sobre todo, la parte superior de las fosas nasales pueden sensar como olores. Por ejemplo, los alimentos en mal estado liberan olores particulares y el epitelio olfatorio puede informarlo al cerebro para evitar su ingesta, o bien podría servir para informar sobre la proximidad, dirección y el estado de otros individuos. El olfato, en definitiva, sirve también para una caracterización espacial del entorno, pero en su aspecto químico, sensando partículas tan pequeñas en el aire que ni los ojos pueden ver, ni los oidos escuchar.

-Gusto: también de naturaleza química y en estrecho contacto espacial y funcional con el olfato, el gusto da una idea precisa de la naturaleza de los alimentos que vamos a ingerir, informando sobre el contenido de hidratos de carbono, sal, su acidez o su amargura (también relacionada con alimentos poco recomendables). Por sí solas, estas cuatro propiedades sensadas por las papilas gustativas (dulce, salado, ácido o amargo) no dan una idea completa de lo que hay en la boca, sino que el sentido del gusto como lo entendemos es más bien una combinatoria con otros dos sentidos: el olfato y el tacto. Entre los tres caracterizan la naturaleza química (la estructura y sus propiedades) y la forma, consistencia y temperatura de los alimentos. Dicho sea de paso, los sabores picantes son una combinación con receptores de dolor.

-Tacto: es por decirlo de alguna manera, la última barrera sensitiva del cuerpo. No es capaz de reconocer el entorno distante, como la vista, el oido o el olfato, sino que, como el gusto, necesita un contacto inmediato para activarse. Le podemos atribuir tres subtipos: el tacto propiamente dicho, el dolor y el reconocimiento de la temperatura. Estos atributos se sensan por distintos receptores ubicados en la piel y las mucosas (pudiendo el cerebro localizar el punto casi exacto donde se produjo el estímulo), y su objetivo es: para el tacto, saber si algo está tocando o no el cuerpo, con qué intensidad, y como es su forma y su superficie; para el dolor, detectar estimulos que sean real o potencialmente nocivos para el individuo, en pos de generar una respuesta generalmente evasiva de esa noxa; para la temperatura, finalmente, es el de dar una idea de la temperatura del entorno para poder dar una respuesta adecuada (sea la apertura o cierre de los vasos, o la búsqueda o no de abrigo).

Bien. Dicho eso podemos ver que a los distintos sentidos los podemos agrupar en varios grupos distintos, por ejemplo los que perciben estímulos físicos (visión, audición y tacto), químicos (olfato, gusto y tacto), los que no necesitan el contacto (visión, audición y olfato) y los que sí (tacto y gusto), etc. Y podemos decir que con eso estamos bastante cubiertos; durante millones de años nos sirvieron de lo mejor para hacernos una buena imagen del entorno y sobrevivir. ¿Quiere decir eso que podamos ver (en el sentido amplio de la palabra) al Universo como es? Ni un poquito. Hay infinidad de cosas en él a las cuales no tenemos acceso, principalmente por dos razones: porque no tenemos la capacidad estructural para sensarlas, o porque, si bien las sensamos, no tenemos registro conciente de ellas. Por esa razón, aun con una tecnología enorme, nunca podríamos tener una idea real y acabada de cómo es. Dentro de la luz, por ejemplo, el espectro físico que realmente podemos ver es relativamente bastante pequeño, de la misma manera que hay sonidos que escapan a nuestra audición, que hay radiaciones que no podemos sentir, etc. Bien puede ser también que no distingamos con precisión las diferencias sutiles que pueda haber entre estímulos distintos, pudiendo eso entrenarse y desarrollarse como especialización: los pintores reconocen diferencias mínimas de colores, los músicos pueden distinguir fácilmente una o varias notas juntas de otra u otras, la piel se puede sensibilizar por el uso frecuente, los gourmets tienen muy desarrollado el gusto sutil, etc.
De muchos otros fenómenos en el Universo tenemos noticia porque la casualidad o el ingenio nos dieron la posibilidad de hacerlo a través de la tecnología, como la posibilidad de ver mundos lejanos o cercanos y pequeñísimos, de saber que existen ondas electromagnéticas infrarrojas y ultravioletas, que existen bastantes más de 100 elementos, o lo que quieran.
Por otro lado, existen estímulos que si bien captamos y procesamos, no somos capaces de llevar a la conciencia o, al menos, no lo hacemos todo el tiempo. Constantemente en nuestro campo visual (o sensorial en general) hay muchísima información que recibimos y la cual descartamos inmediatamente por ser poco interesante. O bien se pueden disparar mecanismos inconcientes, que son la mayoría. Por seguir con los ejemplos, somos capaces de distinguir cambios sutiles en las expresiones faciales y que eso nos dé una idea generalmente inconciente del estado emocional de otro individuo; el ver un alimento que por experiencia (u olor o aspecto) sabemos delicioso, se disparan cientos de respuestas de deseo y preparación (salivación, movimientos intestinales, etc.) sobre los que no tenemos control; al oir una bella melodía se pueden activar centros de placer, se liberan endorfinas; determinado conjunto de señales articuladas nos podrían dar la sensación de peligro, llamando a que se genere una respuesta de huida o de enfrentamiento, etc.
Gracias a todas estas estrategias es que podemos adaptarnos y sobrevivir en nuestro entorno. Un ser privado de sus sentidos casi imposiblemente podría sobrevivir por sí mismo, ya que al no tener contacto conciente con el entorno, no puede elaborar conductas apropiadas para la búsqueda de alimento y la defensa ante los peligros. Sobre estas conductas voy a volver otro día, pero la idea es que, a menos que haya un filtro de conciencia, se generan casi como respuestas estereotipadas que llevan, generalmente, a la búsqueda de placer y a la autoconservación. A eso lo podríamos llamar instinto.
Hasta acá describimos un poco por arriba lo que podría ser un animal sin conciencia o sin una construcción temporal de un yo. Una de las cuestiones más difícil sobre todo este asunto es el de las definiciones: qué definimos por "conciencia", qué por "inconciencia", qué por "yo", etc. La idea es que en posts posteriores yo pueda de alguna manera dar un concepto de las distintas definiciones, o al menos de algunas, a la vez de exponer un poco de qué manera se podría fabricar una conciencia (en cuál acepción, eso es algo que todavía no sé).