martes 29 de septiembre de 2009

El viejo Quinteros

Ayer por la noche, a sus setenta y dos años, murió Daniel Quinteros. Es difícil ponerlo en palabras, pero lo cierto es que a todos los que lo conocimos en vida nos cuesta realmente afirmar que haya muerto. Ayer cenamos con él en su casa de San Telmo y con él conversamos hasta que se fue a dormir. Antes de que se fuera a dormir lo saludamos efusivamente, y después los demás nos fuimos a conversar a su biblioteca durante otro par de horas. En los últimos tiempos ya casi no nos reconocía, por supuesto, pero esa noche también se mostró simpático y agradable, lo mismo que durante toda su vida. Creemos que murió poco después de acostarse en la cama y cerrar los ojos.

Daniel era un tipo especial. Repito que es difícil decir que haya muerto. Cuando digo esto de él, no lo hago en el sentido de que es porque vaya a vivir por siempre en nuestra memoria —a pesar de que así lo creamos—, sino porque, para él, ayer fue el momento de su nacimiento. De nuevo, no quiero decir que ayer haya comenzado su vida en un sentido espiritual, ni nada de eso. Ayer, Daniel Quinteros llegó a nuestro mundo.

Daniel, en el sentido más literal que pueda imaginarse, vivió toda su vida a destiempo. Para él, el futuro (aquello que todavía no había vivido) era nuestro pasado, y sus memorias transcurrían en nuestro porvenir. A su forma de verlo, nació el 28 de Septiembre del 2009 y vivió hasta el 9 de Agosto de 1937. Dicho de otra manera, él sabía que moriría siendo pequeñísimo en 1937, y nosotros le creíamos cuando decía que el 29 de Septiembre del 2009 ya no estaría entre nosotros, porque todavía no habría nacido.

Pereyra y yo lo conocimos en el '73, en un viejo bar de la calle Corrientes. Nosotros tendríamos 19 o 20 años, y él estaba por sus 36. La primera vez que lo vimos casi terminamos a las piñas porque el muy tarambana se sentó en nuestra mesa y nos saludó como si nada, como si nos conociéramos de toda la vida, y nos habló por nuestros nombres y apellidos, y nos preguntó sobre cómo andaban nuestras familias. Con el gordo Pereyra pensamos que era una movida política, que nos estaba buscando por algo. Cuando se dio cuenta que la cosa se estaba poniendo fea, se disculpó y dijo dos cosas que en ese momento nos parecieron rarísimas: que no se había dado cuenta de que al fin había llegado el día en que le habíamos dicho que dejábamos de conocerlo, y que no nos preocupáramos porque ya de todas formas se estaba yendo para Uruguay. Nos pareció un desquiciado, pero como de repente se había puesto un poco melancólico, el gordo y yo decidimos calmarnos. Se levantó de la mesa y, antes de irse, nos dijo: "Daniel, yo era Daniel Quinteros. Adiós, muchachos", y se fue cabizbajo y a paso triste. Pereyra se entró a cagar de risa.

Después de eso, tardamos como un año en acostumbrarnos a tenerlo cerca. El tipo nos seguía saludando, a veces varios días seguidos, a veces desaparecía una semana, pero siempre volvía. Nos resultaba extrañísimo que cuanto más pasaba el tiempo, más tiempo parecía que faltaba para su proyecto de irse a Uruguay. Fue recién por el '75 que nos empezó a caer la ficha, que fue cuando lo conocimos al Núñez; era un tipo que acababa de llegar del otro lado del charco, y que parecía conocer a Daniel por lo menos desde el '66. Dijo que no lo veía desde el '73, cuando se había venido para acá. Algunas semanas después de estar juntándonos los cuatro, cuando el Núñez y Daniel vieron que ya no podíamos seguirles sus charlas, decidieron explicarnos, al gordo Pereyra y a mí, de qué se trataba la vida de Daniel Quinteros.

Su mente funcionaba como la de todos nosotros. Los libros los leía de principio a fin, obviamente. Su memoria generaba recuerdos de la misma manera que nosotros, pero le gustaba decir que lo habían puesto a andar al revés. Con su sola presencia, aunque quizás para la humanidad pasara completamente desapercibida, demostró lo relativo del tiempo. Un tipo que conocimos una vez, y que estudiaba no sé qué cosa, nos dijo que si el tiempo no era eterno en sí mismo, Daniel por lo menos sí lo era: cuando él mueriera en el '37, para nuestro tiempo iba a estar naciendo, y cuando para nostros muriera en el 2009, él en sí mismo iba a estar naciendo; dijo que quién sabía dónde se cortaba el asunto. Nos dijo también que menos mal que había nacido viejo y muerto joven, que sino lo otro quería decir algo así como que sus padres también eran como él, y que lo mismo con los padres de sus padres hasta quién sabe cuando, y que eso sería una paradoja temporal inconciliable. Estaba un poco pirado el tipo, siempre lo dijimos.

Daniel estaba completamente adaptado a vivir al revés. Agarraba y a la mañana temprano, cuando los demás se levantaban, él decía que se iba a dormir. Cuando se despertaba era de noche y nosotros nos estábamos yendo a acostar. Pero mal que mal era básicamente lo mismo. Igual que con los saludos: para él toda su vida "hola" significó lo que para nosotros es "chau" y al revés. Las conversaciones entre amigos con él eran prácticamente normales, porque él se sabía cosas del pasado, fuera porque las había leido o porque nosotros se las habíamos contado en nuestro futuro, y así la podía caretear un poco. Rara vez nos contaba cosas del futuro de la humanidad o de nuestras vidas, porque sabía que a nosotros no nos gustaba. A veces se le escapaban algunos comentarios o algunos consejos. Todos nos asustamos cuando, en el '85, un día saludó al pelado Ortíz como si no lo conociera. Al día siguiente le pasó eso de que lo agarró el tren. Nosotros más adelante le hablamos del pelado para que no nos volviera a dar el susto en el pasado, pero se ve que siempre siguió haciendo lo mismo porque no le ubicaba la jeta.

Con el pasar de nuestros años él fue juntando algo de guita, porque tomó buenas decisiones financieras. Más allá de eso, su vida transcurrió con bastante calma y relativa normalidad. Nunca tuvo quilombos con la cana y ningún científico, salvo el pirado aquél, se enteró de su asunto. Daniel era un bohemio de esos intelectualoides. El único placer que no se pudo dar fue el de hacer la carrera de Historia, que siempre le pareció una idea copada. Se reía de la ironía de que sus métodos pedagógicos fueran unidireccionales y no se adaptaran a gente que la caminaba al revés. De su infancia sabemos poco y nada, pero creemos que debe haber sido traumático ser un pibe al que no le entienden que piensa al revés, y que además sabe que cada vez va a entender menos de lo que pasa a su alrededor. El gordo Pereyra tiró el chiste de que debió ser el recién nacido más inteligente de la historia. Cuanto más viejo fue, menos información tenía del mundo y más senil parecía. Nosotros siempre hicimos el esfuerzo de que conociera las cosas más antes que después en su vida. Pero hablar de él da para rato.

En definitiva, poniéndolo de otra forma, mañana por la noche va a nacer Daniel Quinteros. Todavía hoy nos es difícil conciliar la idea de que el tipo vaya a nacer, pero damos fe de que así va a ser. Mañana en un momento se despertará en una casa de San Telmo y cuando lo vayamos a saludar desde la biblioteca no va a saber quiénes somos, pero igual lo vamos a hacer efusivamente y le vamos a dar su primera cena.

Ahora que lo pienso, quizás el tipo toda su vida comió la comida fría y después se le iba calentando, pero nunca nos dijo nada porque le pareció de lo más normal. Hoy en el entierro lo charlamos con los muchachos, y nos pareció que, a fin de cuentas, nosotros le debemos haber dado su nombre y su apellido. Qué cosa, che.

miércoles 29 de julio de 2009

Algo en la redacción...

Ya sé. Ya sé que no escribo hace poco más de un mes y que dejé por la mitad una historia. Ya llegará, lo prometo. Es que no podía dejar pasar esto:
Estaba estudiando del Robbins, un libro de Patología que ha sabido darme otras alegrías como ésta: "No es necesario detallar las leyes de Mendel aquí, ya que todos los estudiantes de biología, y principiantes posiblemente todos los guisantes, han aprendido sobre ellas en una edad temprana." (sic). La traducción es tan mala que ni siquiera se me ocurre qué decía en inglés. De hecho, durante varios días (creo que por una semana) busqué la edición original en inglés para resolver la duda, pero nunca la pude conseguir.
Recién me topé con esto:
"La neurofibromatosis tipo 1 tiene tres signos principales: (1) tumores neurales [...], (2) numerosas lesiones cutáneas pigmentadas, algunas de las cuales son manchas de café con leche, y (3), hamartomas del iris pigmentados...".
¿No limpian a sus pacientes estos doctores? ¿El valor diagnóstico está en la torpeza de esta gente? ¿O es que no tienen un editor que se encargue de que el libro tenga sentido?
Los dejo con una joyita. Yo siempre dije que la gente debería hacer buena música vestida de animales:


Harry Nilsson - Coconut
(1971)

martes 23 de junio de 2009

Umini - Parte I: El ser gigante

—Si le tengo que decir la verdad, a veces me siento como un gigante inmenso. Es una sensación bastante peculiar.

Así comenzó Horacio Umini nuestra charla mientras nos sentábamos en el living de su casa, y yo no pude más que reirme. Era una afirmación bastante grotesca, casi un oximoron, siendo que provenía de un hombre ya bastante entrado en los cuarenta y que a duras penas alcanzaba el metro sesenta y cinco de estatura. Lo dijo con una sonrisa honesta, pero en sus ojos centelleaba el desafío, como si hubiera pretendido desde un principio que yo riera. Aún así, no lo había dicho en broma. Me sentí extrañamente avergonzado e incómodo.

Mi sonrisa se borró, me aclaré la voz, y él volvió a hablar. Me pareció nuevamente que él había estado esperando esas señales para continuar.

—Escuchemé, Elizalde. ¿De qué estamos hechos los seres vivos?
—De agua y otras mol...
—¡No me tome el pelo! Eso hay en todos lados, quiérase o no. ¿Qué nos caracteriza?
—Las... ¿células?

Vale aclararlo ahora, antes de seguir con el relato: Umini era el líder de una agrupación sinceramente desconocida y casi irrisoria que luchaba por los derechos de las bacterias. Los hechos que me llevaron a estar entonces en su living fueron de lo más extraordinarios, pero mencionarlos ahora sólo entorpecería la historia. Sólo digo que él, gustosísimo, había accedido a darme una entrevista. Era un hombre pequeño y regordete, con una cara bonachona que estaba adornada solamente por unos bigotes entrecanos. En sus ojos se adivinaba cierta sagacidad.

—¡Células! Sí. ¿Sabe cuántas hay, aproximadamente, en el cuerpo humano?
—Unos dos o tr...
—¡Hay aproximadamente muchísimas!— Umini se rió a carcajadas por un buen rato de su propio chiste, hasta que logró serenarse. —Son muchas y muy pequeñas. Si uno fuese a imaginarse a un gigante que nos tuviera a nosotros como componentes celulares, para él el Monte Everest sería una roca. En estatura seguramente sobrepasaría la estratósfera y, con los pies sobre los fondos oceánicos, tal vez sus aguas no llegarían a mojarle las rodillas. Así que, sí, somos enormes.

Entonces se quedó callado y me miró fijamente, como si me estuviera obligando a procesar lo que acababa de decir. Después de varios segundos o minutos prosiguió:

—¿Y qué saben ellas, las células, de que nosotros existimos? Probablemente nada.
—¡Ahí se está equivocando!— Pude objetar por primera vez desde que empezamos a hablar.— Las células se comunican entre sí para garantizar que nosotros funcionemos, hay hormonas, hay transmisiones nerviosas, hay...
—¿Y entonces?— Me interrumpió Umini con una sonrisa— Eso no responde mi pregunta en forma alguna. Por supuesto que las células saben, o al menos intuyen de alguna manera, que las demás células existen. También, a su manera, deben estar al tanto que las demás son necesarias para su propia supervivencia, y que ellas mismas lo son para la de las restantes. Mi pregunta es: ¿Qué saben de nosotros, como seres vivientes, íntegros y multiorgánicos?

Más allá de mis posibles objeciones, su propuesta sin duda tenía cierto atractivo. Interesado, lo dejé continuar.

—Nada. Seguramente nada. Nosotros también sabemos de la existencia de otros seres vivos, incluso con distintas formas, distinta organización y distintas formas de actuar. Todos interactuamos unos con otros de distintas maneras, tanto directa como indirectamente, tanto con los que tenemos al lado como con los que están a kilómetros de distancia. ¿Pero qué me dice usted del gigante? ¿Conoce al ser que formamos?

Me reí otra vez. —¡No hay ningún ser!

Horacio Umini sonrió, levantó una ceja, ladeó un poco la cabeza hacia el lado contrario. Con la mirada me estaba invitando —u obligando— a pensar si podría asegurar lo que había dicho. Me admití a mí mismo que no, no podía asegurarlo.

—Cuesta asegurarlo, ¿no? Tenemos toda nuestra ciencia, pero en el momento en que hay algo que no conocemos y ni siquiera imaginamos, podemos pasar siglos enteros hasta dar con eso.
—Tiene razón, Umini, pero admita usted también que tampoco se puede estar seguro de que sí exista.
—¡Por supuesto! Por supuesto. Diga, si quiere, que es una cuestión de fe. Como sea, las células tampoco pueden saber que ellas estén formando un ser.
—Habla todo el tiempo del saber de las células, ¿pero cómo pueden acaso saber algo, si no tienen cerebro?
—Cerebro.

Repitió esa palabra lentamente con los ojos entrecerrados y luego permaneció en silencio. Un par de veces estuvo por empezar a hablar, pero se detuvo. Parecía que estaba buscando las palabras adecuadas.

—Cerebro. Volvemos a lo mismo. ¿Existe una célula del cerebro?
—¿La neurona?
—No. Dicho de otra manera: ¿existe una célula de la visión? ¿Hay una neurona única que se encargue de ver? Ni siquiera hay un solo tipo celular que se encargue de procesar la información visual.
—Son interrelaciones.
—Eso mismo, eso mismo, son interrelaciones. Cada una de las células sabe lo que tiene que hacer cuando le llega la información: puede procesarla y puede emitir una respuesta. Son reflejos. Aplique lo mismo al cerebro, Elizalde, son reflejos, respuestas estereotipadas. Complejísimas respuestas estereotipadas con millones de variantes. Entonces el conocimiento, el saber qué hacer, la reflexión, no son más que reflejos complejísimos. ¿No?
—Podría ser...
—¡Olvídese de su orgullo! ¿Ahora lo entiende? Nuestros cerebros están programados. Las células están programadas para funcionar; el ADN es su cerebro.
—Hay una diferencia.
—¿Cuál?
—El cerebro tiene plasticidad, puede aprender cosas nuevas.
—El ADN puede mutar. Aunque sí, la analogía tiene sus fallas, le admito eso.

Me satisfizo que por primera vez Umini aceptara una propuesta mía. Sonreí. Él sonrío amablemente también y retomó su sentencia.

—No importa. En definitiva, las células son como nosotros: crecen, nacen y se reproducen; en el medio interactúan con otras como ellas y con el medio que las rodea, modificando a unas y al otro según están programadas para hacerlo. Viven. Tienen instinto de supervivencia.
—Pero no saben que forman al ser viviente...
—Pero no saben que forman al ser— Umini sonrió alegremente. ¿No se siente gigante?

Me reí a carcajadas. ¡Había caido en su juego!

jueves 21 de mayo de 2009

¡Los descubrí!

Ya está, muchachos, pueden sacarse las caretas y volver a sus viejas vidas de actores cósmicos. Los desenmascaré. Descubrí la mentira, la escenificación, la falsa realidad de un mundo que no era. La superproducción que habían montado por fin tuvo una falla evidentísima. Pisaron la ramita, cayeron en su propia trampa, tuvieron una dosis de vuestra propia medicina. Incluso pretendieron engañarme (o engañarnos, todavía no descubro la extensión de la trama) con películas como The Truman Show, para que pensara que "es sólo una película" y "qué buen argumento" y "obvio que nadie haría eso en la vida real". ¡Pero los deschavé! La vida real en la que vi esa película no es sino otra película que no es sino la realidad, sólo que con forma de película. O con forma del argumento de una película. En realidad tengo que admitir que no vi la película porque no me la lee el DVD, pero sé de qué se trata.
Los rápidos sucesos que me llevaron a la revelación se dieron el otro día, cuando caminaba por los pasillos de la facultad. Tenía uno de esos días que se está iluminado y radiante sagacidad. Estaba llegando al final de un corredor paralelo a la calle Uriburu, justo donde dobla para convertirse en el corredor paralelo a Paraguay, y ahí, parado en el codo del pasillo y sin hacer nada, había un tipo con una bandeja tristísima que tenía una taza y algo más, que ni me fijé qué era. Cuando seguí avanzando y llegué a unos pasos de donde estaba él, empezó a caminar en dirección opuesta a la mía, como si se hubiese dado cuenta de que eso tenía que hacer. "Como un actor esperando su entrada" pensé y seguí caminando sin darle mayor importancia.
Todo el mundo tiene sus secretitos en la vida, tips que no comparte con todo el mundo para sentirse un poquito más exclusivo. Uno de los míos es no ir en horarios pico a los baños de lo que sería la Facultad de Medicina propiamente dicha, sino bajar al subsuelo donde se cursan las Carreras Conexas, que siempre hay mucha menos gente y uno casi que tiene su lugar garantizado. El problema esta vez fue que mis cálculos fallaron, y era lo que se puede llamar una "hora pico en el subsuelo", donde hay unas veinte personas en los pasillos. El baño estaba lleno y no quería hacer cola, así que seguí de largo.
Se ve que ni los productores se lo esperaban, y no se dieron cuenta del error que cometían cuando mandaron al mismo tipo de la bandeja de antes para que bajara las escaleras en el momento en que yo las volvía a subir, ¡pero con una lata de pintura y un pincel en la mano! Increíble, completamente inaudito. Se les deschavó el asunto. Estaban usando al mismo tipo de extra con distintas tareas en dos escenas seguidas. Menos evidente hubiese sido si, no sé, se les asomaba el micrófono por algún lado, o si descubría alguna cámara oculta, porque podía pensar que "estarían filmando algo", qué sé yo. Pero no, con este error de su parte los expuse completamente. ¡Ajá!
Las interrogantes que quedan, entonces, son algunas como: ¿Soy el único, o hay otra gente que no sabe que está en la misma película? ¿Cuántas de las personas que se ven en la calle son extras? Este mismo tipo, ¿es un extra en la vida de otros? O podría ser un actor principal en la vida de su familia, por ejemplo; tal vez ni sabe que lo es. ¿Dónde están las cámaras? Y che, decime, ¿cuándo sale esto al aire? ¿En qué canal? ¿Me mandás una copia? ¿Es un documental, o...? Ah, ah, lo nuevo de Tinelli. Uy. Bueno, copado, supongo. Chau, che, manteneme al tanto.

Hablando de artistas, los dejo con uno de mis nuevos señores favoritos, Clark Terry, mumbleseando en el programa Legends of Jazz.


"Mumbles"
Clark Terry (trompeta y voz)

lunes 11 de mayo de 2009

Vergonzoso

Resulta que ayer, 10 de Mayo, se cumplió un año del primer post de este blog, y me olvidé completamente. Feliz cumpleaños atrasado, pues. He aquí algunas de las cositas que había pensado para el aniversario y que no hice ni seguramente haga:
  • Cambiar el diseño de todo el blog
  • Escribir un post buenísimo como celebración
  • Escribir un post como celebración
  • Escribir varios posts en las últimas semanas para llegar a los 100 justo en el momento del aniversario (¡faltaban sólo 18!)
  • Cuando ya quedaba poco tiempo para eso, cambiar la modalidad del blog a un semi twitter, para alcanzar los 100 posts, y después volver a ser un blog
  • Hacer un top 5 de posts selectos
  • Seleccionar un grupito de los mejores resultados de búsqueda de gente que llegó al blog
Dicho eso, y como me siento culpable de haberme olvidado, simplemente voy a dejarlo pasar un poquito. Pero si quieren, les convido un video de Elis Regina y Tom Jobim en todo el esplendor de los '70:


Águas de Março
Tom Jobim (el nene) - Elis Regina (la nena)

¡Salú!

sábado 2 de mayo de 2009

El legado

Pese a aquel detalle, Soloza era un tipo de lo más común, tenía profesión de oficinista y los altibajos de su vida se podían confundir con los de casi todo el mundo. Alguna mujer en algún momento usó la palabra 'mediocre' para distanciarse de su lado, pero aún así no había demasiado que criticarle; era uno más, y punto. Su característica distintiva escapaba a lo que cualquier ser jamás hubiese podido observar: durante toda su vida, Soloza fue el primero para ciertas cuestiones. Y no es que fuese el primero para cosas que se pudieran premeditar o practicar, como tener las calificaciones más altas en el colegio, o como ser el primero en aplaudir en conciertos y obras de teatro —que para eso estaba Rodríguez Gil, insoportablemente competitivo en todo tipo de banalidades*. No, nada de eso.
El asunto era que, por alguna gracia que escapa a todo razonamiento posible, la primera gota de cada lluvia** le caía —siempre y cuando estuviera al descubierto— a él, a Soloza; también, entre varias otras cosas, la primera hoja desprendida en el Otoño le caía, si no encima, por lo menos en un radio de un metro por donde estuviese caminando en ese momento. Aún cuando él jamás supo de su situación, tenía cierto regocijo infantil en anunciar que se venía el agua (sic) o que había llegado el Otoño, o que había vuelto la temporada de mosquitos. Seguramente de haberlo sabido, su vida no habría cambiado en lo más mínimo. Después de todo, ningún beneficio aparente hubiese podido sacar de su cualidad.
Lo cierto es que aquella gota que le cayó aquel día, a sus setenta y cuatro años, sobre el dorso de la mano, lo deprimió: de alguna forma había adivinado que esa sería la última lluvia que vería en su vida. A fin de cuentas, la gota que le mojó la mano no había sido la primera en caer ese día. El legado ya había transmitido a una nueva persona.

*Se cuenta que Rodríguez Gil una vez llegó a empujar a alguien con tal de ser el primero en tocar las escaleras del andén al salir del tren.
**Quien se quiera aferrar de un argumentum ornithologicum, podrá decir que la existencia de una primera gota, y no de simplemente una gota entre tantas otras de una misma lluvia, es prueba irrefutable de la existencia de Dios. Como simple narrador, me mantengo imparcial en esa decisión.

miércoles 15 de abril de 2009

Creatividad científica

El budo de los genes
En el antiguo Japón feudal, los samurai, guerreros finamente entrenados en el arte de la espada, tenían una regla más o menos implícita que era la de "un corte, una muerte", lo cual significaba que en un combate, la ejecución de un solo corte con la espada debería ser capaz de acabar con la vida del adversario. El tiempo pasó, las guerras civiles terminaron, y en otras partes del mundo la ciencia se desprendió de la filosofía, un monje cultivó algunas florcitas, un par de jóvenes demostraron la estructura de unas moleculitas, y así la historia.
No sé si a propósito o no, hoy los genetistas tienen una regla según la cual agrupan a un conjunto de enfermedades más o menos bien determinadas. Se refieren a ellas cuando hablan de afecciones de "un gen, una enfermedad", refiriéndose a las enfermedades que indudablemente se van a expresar si el individuo tiene el gen aberrante.

¡Salud!
Hace un par de días, en la revista NewScientist salió publicado un artículo sobre los estornudos causados por el sol, un mal espantoso que afecta a una parte más o menos discreta de la población, vuestro servidor incluido. Entre otras cosas, el artículo dice que los científicos que investigaron este asunto notaron que era un problema hereditario que se transmitía en forma autosómica dominante, queriendo decir que la transmisión no está influida por el sexo de la persona (autosomía), y que si te tocó ese gen en la repartición, entonces tenés esa característica (dominancia). En realidad, lo que más me llamó la atención del artículo es que parece que los científicos, en un ataque de originalidad con pocos precedentes, aprovecharon para ponerle un nombre nuevo al problema: "ACHOO"; siglas para el inglés autosomal-dominant compelling helio-ophtalmic outburst, traducible en algo así como "estallido helio-oftálmico debido a autosomía dominante" (helios es el griego para "sol", y opthalmos es el griego para "ojo"). Una genialidad.

martes 14 de abril de 2009

¡Vamos! A lamer a la gente, a ver si están enfermos

-Aunque es quizás un poco desconocido, ya que el uso diario y la extraordinaria frecuencia de una de las dos quieren que así sea, existen dos tipos de diabetes: la diabetes insípida y la diabetes mellitus. Esta última es a la que todos nos referimos cuando no aclaramos a qué nos referimos, porque la primera es bastante menos frecuente. Las dos se caracterizan por una eliminación excesiva de líquido por la orina (etimológicamente, diabetes se puede traducir como algo parecido a "pasaje a través de", pudiéndose decir que el agua atraviesa el cuerpo), pero sus causas son francamente distintas. Por decirlo simple, en la diabetes insípida hay una desregulación hormonal que hace que se pierda el control de la reabsorción de agua en el riñón, mientras que en la diabetes mellitus, al haber un exceso de glucosa (azúcar) en sangre por las deficiencias de insulina, llega un punto en que el riñón no logra impedir su pasaje a la orina*. La gran cantidad de glucosa en la orina provoca entonces un gran pasaje de agua por un fenómeno de ósmosis. Por lo tanto, en una forma hay pasaje anormal de azúcar a la orina, y en la otra no.
Por supuesto que los antiguos clínicos, pobres encargados de nombrar enfermedades, no tenían idea de los mecanismos que subyacían a una y a otra, así que simplemente se limitaron a describir lo que veían: "diabetes", porque el paciente orinaba en exceso; si la orina tenía gusto dulce (mellitus) o no, sería, valga la redundancia, "mellitus" o "insípida", respectivamente. ¡Ah! Gloriosos antiguos. Todo sea por amor a la Medicina.

-Ahora sí, completamente desconocida es la forma de diagnóstico de otra enfermedad, la fibrosis quística. Anecdóticamente, la fibrosis quística es la enfermedad genética letal más frecuente entre personas blancas, con una frecuencia de alrededor de 1 por cada 3.000 nacidos vivos. Entre muchas otros problemas digestivos y de otros tipos, siempre por la falla del mismo gen, hay un incremento marcadísimo de electrolitos (sodio, etc.) en el sudor, por lo que el diagnóstico se empieza a construir a partir de que las madres se quejan de que su hijo "tiene gusto salado".***

*en condiciones normales, en la orina no puede haber glucosa, proteínas ni microorganismos. Sépanlo y sean la delicia de sus congéneres en tertulias y asaltos.
**todo sea por amor a la Medicina
***muero de ganas de terminar diciendo "¡Mirá vos!", pero creo que es una trademark o, por lo menos, es un poquito plagio.