lunes, 3 de noviembre de 2008

¡Era un pato!

Y de repente me doy cuenta: si hago un esfuerzo, puedo escuchar el zumbido de los autos contra el pavimento a, quién sabe, quizás unos cien, ciento cincuenta, o doscientos metros de distancia. Pero realmente no lo estaba notando porque ya no era importante, porque ahora tenía a Julio Verne en una mano, un árbol —entre tantos otros— arriba de mi cabeza y contra mi espalda, y un lago que, si bien bastante sucio, es siempre un buen dador de placer.
Es en el medio de esa estúpida revelación que lo veo, y ya no puedo volver a la historia de Alex y su docto tío hacia el centro de la Tierra. A una velocidad constante se va moviendo y realmente puedo ver la rítmica contracción de sus cuádriceps, sartorios, tibiales anteriores y de sus bíceps, semimembranosos, gastrocnemios, entre tantos otros, tirando de sus fémures, sus tibias o sus metatarsos. Y puedo ver el diafragma contrayéndose para dejar entrar el aire, y después lo veo relajarse para dejarla salir. Veo el oxígeno entrando a la sangre, veo las neuronas motoras descargando acetilcolina sobre los músculos, que a su vez reciben adrenalina para que puedan usar sus reservas de energía. Vislumbro a sus riñones filtrando sangre y quizás al sistema parasimpático inhibiéndole la motilidad intestinal. Veo mejor y ahí están sus dos membranas timpánicas y sus cócleas y sus células ciliadas y sus tantas más de mil neuronas llevándole información a su corteza auditiva. ¡Y ahí lo entiendo! Era sólo un tipo corriendo y escuchando música en su mp3.
Aquel otro con sus células en constante crecimiento, división y reordenamiento (quizás algún día dentro de veinte años me lo encuentre abajo de este mismo árbol, con todos sus órganos ya en su lugar) y su cordón umbilical no es más que un bebé en el vientre de su encinta madre. Eso que se agita en el agua ahora es un pato, y ese agua ya dejó de ser una solución de quién sabe qué concentración y cuál otra osmolaridad con sus miles de solutos. Ese bicho que revolotea al lado mío, bueno, sigue siendo un bicho que revolotea al lado mío. ¿Qué es? ¡Nunca lo había visto!
Puedo dejar de pensar en colecistoquininas, insulinas, low y high density lipoproteins, serotoninas, dopaminas, núcleos del rafe o de la sustancia nigra o supraquiasmáticos o ventroposteriores o rojos u olivares, colesteroles, glomérulos, bilirrubinas, biliverdinas, conjugaciones con glicina o taurina, y tantas otras cosas de las que ya me olvidé hasta nuevo aviso. Mi propia corteza parietal posterior puede descansar y dejar de asociar todo eso. Mi circuito límbico, si tan solo me olvidara de él, me haría estar contento de mi hallazgo.
Y la naturaleza vuelve a ser naturaleza, y las personas vuelven a ser personas, y la música... ¡Ah! La música deja de ser sonido de fondo. Ahora vuelvo a salir de mi casa, después de un mes y medio, sin pensar que cada vez falta menos para tener que responderle a un tipo cuando me pregunte por la fisiología humana, porque ya lo hice hoy. Por hoy tampoco me importa que las moléculas de glucosa estén activando receptores ligados a proteína G o con qué frecuencia descargan los receptores térmicos de frío de mi lengua, sólo disfruto mi helado.
¿Q...? ¿Que en un mes son los finales y no debería relajarme tanto? ¡Pará, flaco! No molestés, y haceme el favor de escuchar este tema de Fandermole interpretado por Aca Seca Trío, que bien conocen la Naturaleza.



Tema: Carcará
Autor: Jorge Fandermole
Aca Seca Trío: Andrés Beeuwsaert (piano) - Mariano Cantero (percusión) - Juan Quintero (guitarra)

2 comentarios:

Nico dijo...

Buen tema, buen autor, buenos intérpretes, buena versión.

Suerte con esa de Verne. Escuché que por momentos se vuelve aburridísima.

Fhernandhah dijo...

Sí, tu tranquilo. Yo tengo final de patología y semiología en una semana y media y en vez de preocuparme leo tu blog. ¡Mira nomás! Jaja, no me importa la posible irritación conjuntival que genere la exposición tan seguida de mis ojos a la luz directa de la pantalla de mi computadora, ni la posible compresión del nervio mediano por el retículo flexor de mi muñeca, generada por escribirte tantos comentarios. ¡Caray, si pensáramos así todo el tiempo, nuestra cordura se acabaría pronto!