domingo, 29 de junio de 2008

La octava plaga

De proporciones casi bíblicas, la peor tragedia que cayó sobre la humanidad en los últimos cien años —después de la bomba atómica, no quiero ser hijo de puta— fue la aparición y la creciente necesidad de tener cables. Estos seres pueden adoptar cientos de formas, pueden medir desde unos pocos micrómetros a muchos metros de diámetro, pueden tener unos pocos milímetros a muchísimos kilómetros de largo, pueden ser simples, dobles o enrulados, y ni hablemos de la función. Pero si hay algo que es cierto es que no hay forma de escaparles, siempre están ahí, metidos en el medio, molestando un poco, pero esperando el momento preciso para hacernos la vida imposible.
Y no hay solución. Lo intenté miles de veces, atándolos, ordenándolos, haciendo agujeros en la pared, conectándolos secuencialmente en el toma para que los cables no se enreden, pero todas estas no son más que fugaces soluciones, pequeños intentos de un simple ser humano de pelear contra lo inevitable. No hace falta más que una simple ráfaga de viento producida por el grácil batir de las alas de un gorrión para que todo intento de orden se diluya en las mantecosas manos del tiempo; no pasa mucho tiempo sin que todos los cables de los parlantes formen un nudo prácticamente inverosímil entre sí, también con el cable del monitor atravesado en el medio, el cual a su vez forma un nudo marinero con el USB del módem, que está entrelazado en una danza infernal con el resto de sus amigos coaparatistas: el cable de alimentación y el de teléfono. Ni hablemos del mouse y el teclado, porque me agarran temblores histéricos.
¡Ah! ¿Qué? ¿Que existen aparatos inalámbricos, me decís? No, ni da, son más caros. Yo me quedo con los cables.

1 comentario:

María José dijo...

Jajajaja! Buen remate XD. Emmm... no sé, a mi no me joden mucho, debe ser porque ni los veo, mi CPU está contra la pared en una posición en la que es casi imposible moverlo y... nunca necesito hacer demasiado =P